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| Christian Edler, Speyeder |
Querida amiga:
No todas las afirmaciones vertidas por un ser humano pueden ser creídas en su totalidad, sobre todo si el sujeto que las emite no puede reprimir una risita mientras su mirada se posa en cualquier lugar excepto en los ojos del receptor de dichas divagaciones. Y es que cualquier confesión no deja de ser un circunloquio si se proclama completamente borracho debido a la indiscriminada ingesta de alcohol etílico. La falacia es el único don que engrandece a ciertas clases de individuos como políticos, abogados, religiosos o psicópatas y algunas veces incluso a gobernantes, monarcas y prostitutas. Mentir es como tejer una gran tela de araña con el exclusivo fin de sentirse poderoso. Poco importa que el embuste vaya dirigido contra uno mismo, pues mientras nos creamos nuestras propias trolas, fabricadas con el mismo cariño y determinación que lo haría una piraña hambrienta y maltratada por sus impulsos primarios, nuestros deseos de independencia se mermarán a cada mordisco, transformándose al mismo tiempo en un innecesario y contraproducente efecto dominó que derribará cada una de nuestras oportunidades futuras.
El mal denominado Homo sapiens posee 206 huesos y 32 dientes; algunos de esos huesos, como los que sujetan al cerebro, son totalmente innecesarios; en cuanto al número de dientes podrían ser sustituidos perfectamente por prótesis dentosoportadas, mucosoportadas, dentomucosoportadas o implantosoportadas, fabricadas con metal, cerámica o resina, sin que se mermaran las facultades masticadoras o predigestivas. Esto me recuerda que tengo que pedir hora para el odontólogo cuando regrese del psicólogo. Claro que antes de visitar al segundo necesito que el brujo de mi barrio me cure de unos molestos herpes labiales contraídos al chupar un caracol poco cocinado.
De todo lo anterior se deduce que mi avanzada edad no sólo está causando estragos en mi forma de racionalizar lo evidente, sino que además somatiza lo cuestionable. Pues la falta de escrúpulos que demuestro atacando a los farsantes y troleros se muta en una serie de indisposiciones que afectan a mi credibilidad como ser superior dentro de los seres inferiores, como paria infecto dentro del orden de los desarraigados, en definitiva, como la araña que se alimenta de otros arácnidos en sus propias telarañas.
Hasta donde mi memoria puede llegar, yo sólo he mentido una vez en toda mi vida. Sucedió el día de mi alumbramiento, cuando después de recibir un estupendo sopapo en el trasero por parte de la comadrona y tras demostrar que era capaz de sollozar o berrear como cualquier hijo de madre, deslicé una furtiva sonrisa hacia la posteridad, una sonrisa que años más tarde se transformó en una mueca de asco que todavía se puede ver en mi cara.
Saludos.
