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Hola:
En mi habitación viven catorce plantas, desde Scindapsus hasta Ceropegias. Por la noche, mientras yo duermo, ellas hablan de sus cosas, casi siempre eligen temas banales porque no quieren que me inmiscuya en sus conversaciones. A veces me finjo dormido y escucho como se lamentan de lo excesivamente fría que está el agua con la que las riego o sobre la relativa calidad del abono que compro. Están convencidas de que debería limpiar los cristales de la ventana semanalmente, pues según la Dieffenbachia, la suciedad que se pega a estos impide a la luz entrar en el interior de la estancia y su fotosíntesis resulta realmente agotadora. También se quejan, sobre todo un gran Cissus que cuelga majestuoso sobre una estantería, de que la música que escucho es, en general, demasiado insoportable y estridente, aunque se felicita por mi excelente gusto, sobre todo cuando pongo música clásica o rock sinfónico. La Tradescantia, que es un poco insolente, suele responder al resto con evasivas, y aunque no se siente desplazada del grupo, está convencida de que debería estar situada en el exterior, pues es suficientemente fuerte como para aguantar los rigores del invierno levantino y su natural perspicacia hace que congenie estupendamente con las suculentas y los cactus que viven en el balcón y que son especialmente incisivos y mordaces en sus manifestaciones. Además, y en esto suele insistir, mis vicios son demasiado perjudiciales para que sus hojas mantengan el lustroso color que la caracteriza. Generalmente, cuando se mete con mis vicios, se refiere al de fumar, aunque suele ser respondida por la Chamaodera con silbidos y abucheos, criticándole su nulo aguante y su excesiva finura de clase alta venida a menos. En un tema están todas de acuerdo: debería dejar de roncar. Pero la verdad es que yo no ronco; es el vecino de la finca colindante el que lo hace, pero prefiero que piensen que por lo menos tengo un defecto.
Un besazo
