Email del 6 de abril 2013

Jose Ignacio Prieto del Pico. Desesperación (2008) 

A propósito de la singularidad…

ANOMALÍA ENDÓGENA

Ella cambia. Muta como un anolis y, cuando eso sucede, los hemisferios de mi cerebro se descomponen. A veces muestra un color azul tornasolado que desinfecta y lubrica los ventrículos de mi corazón hipnotizado. Otras se exhibe roja como las llamas del infierno, y es en esos instantes, cuando sé que debo desaparecer. Los martes y jueves irradia luz refulgente y cegadora, que lejos de apaciguar mi mente la inquieta; pero el resto de la semana se presenta tan cambiante como el gato de Cheshire y tan ardiente como un lahar volcánico, y es en esos momentos cuando la amo y la temo, porque no se puede querer si antes no se siente inquietud o angustia.

La niebla oculta la cresta de las montañas. Cuando el sol las ilumina transforma las nubes blancas y algodonosas en sombras difuminadas, y estroboscópicas. Me encanta contemplar esa alteración ilusoria, psicológica e irreal mientras la miosis me protege de la luminosidad que provoca el conocimiento y las modificaciones que éste arrastra consigo. La realidad varía como la intensidad del campo eléctrico, por esa razón me siento obligado a aparecer y desaparecer a la inversa del cuadrado de la distancia. Soy un dipolo desorientado, una asimetría neutral, un isótopo inestable que ha agotado por completo su tiempo de neutralización.

Cuando ella me abraza me siento feliz, cuando me ignora me siento feliz. Si recoge mis sueños y los pulveriza, elaboro nuevos y los escondo tras el remolino que provoca una cascada redireccionada. Si acaricia mis deseos, los exhibo en una vitrina acristalada de textura suave y los contemplo un poco cada día. Con eso me es suficiente. El tiempo me agarra con una fuerza inusitada. De nada sirve escuchar las sílabas del silencio y elaborar un plan final que acabe con todos los propósitos e intenciones. ¿Me estoy perdiendo?

ANOMALÍA EXÓGENA

Nadie prepara su propia supervivencia. Están demasiado ocupados planificando la de los que les rodean. Entretanto diseñan capítulos de una novela inexistente y se preocupan más de la calidad del papel que de las palabras que deben formar parte del resultado. Mientras eso sucede, cada reflexión deja una huella que es efímera y está sujeta a cambios permanentes. Pero cada cambio implica desesperación y, a veces, felicidad en forma de crisis. A menudo nos preguntamos qué clase de mal habremos sembrado en otras vidas para que la actual sea tan desesperante y espantosa.

Existen multitud de fechas que se nos han quedado grabadas en ese imperfecto y descontrolado chip que es nuestro cerebro. Una parte de ellas significan algo; el resto es pura patraña. Sin embargo a la hora de elegir, sucumbimos a las últimas como efímera justificación del vacío que nos aprieta como una garra asesina. Sufrimos para pagar una deuda; el problema es que desconocemos cuál es y en qué momento la adquirimos.

Y mientras tratamos por todos los medios de buscar algo que no existe, la frustración crece de manera exponencial y la inocencia se pierde entre pasadizos de odio, ira y letanías de envidia. Ya nada tiene sentido. Sólo escapar lo más rápido posible y volver al principio del final para siempre.