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| René Margritte. The fine idea (1964) |
Hola:
Estoy escribiendo un mini-relato para un concurso y me he quedado atascado. Al principio, tenía las siguientes líneas, que aunque no estaban a la altura de lo que puede escribir Italo Calvino, me resultaban reconfortantes cuando las leía completamente dopado:
«Era un tipo repugnante, más feo que un celacanto, pero no tanto como nuestro presidente del gobierno, digamos que su rostro guardaba cierta similitud con el de un almiquí al que han cercenado parte de las fosas nasales para elaborar pastitas de carne.»
El problema es que cuando acabó el efecto del diazepam, me resultó casi imposible releer la frase sin sentir ganas de meter la cabeza en el cubo de la basura, así que decidí transformarla un poco. El resultado fue el siguiente:
«Era un tipo embustero, más mentiroso que un abogado, pero no tanto como nuestro presidente del gobierno, digamos que sus mentiras estaban a la altura de las del personaje protagonista creado por Carlo Collodí, aunque quizá me estoy quedando corto.»
Como al mismo tiempo estaba trabajando en un capítulo de mi «Tratado para desesperados pacientes», decidí guardar el párrafo y la hoja que lo albergaba en un cajón durante varios días. Cuando lo rescaté y volví a darle una oportunidad, creí oportuno darle un giro. Después de girarlo hacia la derecha en un ángulo de 60 grados, su aspecto mejoró algo y quedó de la siguiente manera:
«Era un tipo cobarde, más miedoso que Scooby doo, pero no tanto como nuestro presidente del gobierno, digamos que su apocamiento era famoso entre sus amistades porque en numerosas ocasiones rayaba la demencia más absoluta.»
En estos momentos, es decir, ahora mismo, o lo que es igual, mientras te escribo este email, no tengo claro qué hacer con ese conjunto de vocablos. Ni siquiera tengo claro si es una buena idea perder más tiempo desarrollándolo. A decir verdad, ni siquiera sé si levantarse cada mañana sirve para algo. Me levanto porque estoy acostumbrado a hacerlo, pero no existe un motivo, una causa o razón. A veces pienso que si me quedara en la cama hasta que la parca se dignara a hacerme una visita, evitaría todos los problemas que implica estar vivo; pero sólo es un pequeño pensamiento distorsionado, pues los problemas, las preocupaciones, los obstáculos o los disgustos son inherentes al medio de locomoción bípedo. Y eso, es algo que no es tan fácil de cambiar como los renglones de un penoso relato, proyectado por la estupidez y escrito por las manos temblorosas de un poco talentoso y torpe escritorzuelo.
Un saludo
