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| Mikalojus Ciurlionis. The past (1907) |
Hola:
Hace un sol primaveral. Afortunadamente las nubes y la lluvia de los días anteriores ya sólo son un recuerdo empapado y húmedo. Pero a veces, el tiempo estropeado y desapacible también se incorpora y se padece en el interior. Poco o nada importa si abres la ventana y los fúlgidos rayos de luz blanca y resplandeciente iluminan las cuatro paredes de la habitación, pues la oscuridad bruna y enervante, alimentada por la ofuscación o la irrealidad y, elaborada trabajosamente por uno mismo como estrategia de supervivencia y sumisión, se abrirá camino entre la maleza ensortijada de evocaciones amontonadas sin orden, en esa función cerebral (que compila, acumula y rememora la información del pasado) llamada memoria. Y son precisamente algunos de esos recuerdos, de esas experiencias, de esas reproducciones de algo aprendido o vivido con anterioridad, las que nos desconectan de la realidad del presente.
Cuando yo era menos honrado y digno de lo que soy hoy, y mi carácter era muchísimo menos pugilístico de lo que es en la actualidad, es decir, hace un par de décadas, o lo qué es igual, hace 240 meses o 1040 semanas, pocas veces perdía el tiempo razonando sobre cualquier materia, asunto o móvil; sobre todo porque en esa época mi cerebro no estaba en condiciones de discurrir o reflexionar y el único propósito de mi existencia era estimular artificialmente el rendimiento de mi insensatez. Como no me importaba nada y mi conducta estaba impelida por causas autointeresadas, fueran o no contraproducentes para mi Yo infinito o para los que me rodeaban, mi concepto de la felicidad o autorrealización era proclive al cambio circunstancial dentro de unas normas severamente establecidas: todo lo que no me sirve para algo es completamente rechazable. Mis días de mortificación y sacrificio (que transcurren actualmente) aún estaban por llegar y las palabras verdaderamente importantes para mí, eran Yo y Mío, en ese mismo orden. Las demás consideraciones eran claramente sacrificables y me jactaba de ser un experimentado verdugo. Pero era verdaderamente dichoso. Es más, creo sin lugar a dudas que ese periodo de mi vida es en el que he estado más cerca de lo que solemos entender como felicidad. Ya sé que eso dice poco sobre mí, pero es algo que ya no me quita el sueño. Simplemente Fui, pero ya no Soy. Al no Ser, evidentemente No Existo, por lo tanto, este conglomerado de líneas mal redactadas y sin lógica está escrito por alguien que no vive. Y si no vivo, no es porque no conserve mi alma dentro de un imperfecto cuerpo material y haya sido parido con considerables esfuerzos por vientre materno, sino porque me niego a considerarme humano mientras una enorme parte del resto de individuos pertenecientes a esta clasificación anti-natural y repletos de dones sociales impuestos por la deidad Dinero, sigan glorificando la involución como una manera justificada de administrar los procedimientos internos de forma adecuada a los cambios producidos en su entorno.
El sol sigue situado por encima de nuestras cabezas, como suele ser habitual en él. Desde esa desproporcionada altura las cosas se deben ver de una manera distinta. Me lo imagino, ya que nunca he estado en una posición tan alta. He vivido en las cavernas subterráneas del infierno, donde cada proposición racional equivale a un lamento, pero si estuviera en mis manos, viajaría hasta ese astro rey que nos calienta e ilumina, me cobijaría entre el plasma que lo forma, y me fundiría incorporándome al núcleo, junto al azufre, el estroncio y el titanio.
Un abrazo
