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| Jude Labuszewski |
Hola:
Descorro las cortinas y abro la ventana. Es un movimiento sencillo que suelo intentar cuando necesito que la luz natural y límpia me abstraiga del letargo en que habitualmente estoy sumido. Todavía espero que una descuidada casualidad salte desde el exterior, entre en mi habitación y me despierte a sopapos de la absurda apatía que me atenaza. Lamentablemente eso nunca sucede y me estoy empezando a poner bastante nervioso. Como no tengo demasiadas cosas que hacer, trato de malgastar las horas observando lo que sucede a mi alrededor. A veces hasta lo más común o incluso ridículo me produce una pequeña sonrisa no demasiado forzada. Hace un rato he reparado en un mosquito que intentaba traspasar el vidrio de un pequeño jarrón transparente, posiblemente para llegar al agua que alimentaba a una flor y su tallo. Como los intentos resultaban claramente infructuosos, ha llegado un momento en que, quizá sabiamente, ha decidido buscar a un congénere de aspecto más botarate y molestarlo subiéndosele encima. Al principio he sentido ganas de aplastar a ambos con la palma de mi mano, pero después de meditarlo unos segundos, he llegado a la conclusión de que, o bien estaban intentando un peligroso ejercicio de equilibrio circense mosquitil, o simplemente trataban de copular. Pero algo no cuadraba. El díptero que ocupaba la posición de abajo se resistía con todas sus fuerzas mientras el de arriba lo intentaba una y otra vez con un ímpetu tan decadente que me produjo una sensación extraña, difícil de definir en unas pocas líneas. Cuanto más los miraba, más fascinado me sentía. Al mismo tiempo pensaba en su posible descendencia y el verdadero problema que en el futuro representaría para mi salud. Por esa razón no tuve ningún reparo en vaciar sobre sus casi invisibles cuerpos medio bote de insecticida. Y te juro por La Luna y el resto de astros celestes que disfruté hasta el paroxismo viendo cómo se retorcían en su última y más importante agonía.
Besos y abrazos
