Email del 19 de diciembre 2013
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| Saverio Polloni. Crocodile (2010) |
Hola.
Voy a contarte algo sobre Hécuba…
No era fea, pero había algo en su cara que me desagradaba. Quizá fuera esa mandíbula dura y rectangular que otorgaba al conjunto de su cuerpo un cierto aire amenazante, o puede que su exagerada e inquisitiva forma de mirar a los ojos mientras intentaba por todos los medios deslizar una orden telepática hasta mi cerebro sin que yo lo advirtiera.
Recuerdo la primera vez que le puse un bozal. Se resistió, pero era la única forma de impedirle comunicarse conmigo.
-Ojalá fueras muda- pensaba cada vez que le apretaba el dogal.
Pero ella, lejos de defenderse, simplemente gemía. Ahora, mientras escribo esto, medito sobre aquellos quejidos. Estoy casi seguro de que no eran de terror, sino de placer. Estoy seguro de que disfrutaba con cada jugarreta que le preparaba. Al final me aburrí. Necesitaba sentir unas emociones que no me proporcionaba. Por eso decidí devolverla al zoo, aunque eso implicara una multa o incluso unos meses en el talego.
Recuerdo los titulares: «El cocodrilo raptado ha sido devuelto», «El secuestrador de reptiles se arrepiente», «Entrevista exclusiva al sociópata que raptó a la cocodrila».
ENTREVISTADOR: ¿Por qué lo hizo? ¿Por qué la secuestró?
SECUESTRADOR: No fue un secuestro, teniendo en cuenta que jamás pedí rescate.
ENTREVISTADOR: ¿Entonces?
SECUESTRADOR: La respuesta es muy simple. Estoy loco. No puedo interactuar con humanos. Necesitaba acariciar, besar y amar a una bestia. Pero poco a poco mis instintos se desbocaron hasta un nivel que incluso para mí se hizo reprobable. Un día quise llegar más lejos y…
ENTREVISTADOR: No siga, por favor. Este es un periódico cristiano.
SECUESTRADOR: ¿De veras cree que existe un Dios?
ENTREVISTADOR: ¿Yo? No estoy seguro pero mi cuñado si cree en él.
SECUESTRADOR: Es la respuesta más idiota que he escuchado en mi vida.
El día del juicio me encontraba extrañamente tranquilo. El juez, con aspecto de larva vermiforme, me miró con cara de asco mientras con sus esqueléticas manos llamaba a un bedel. Minutos después comenzó la pantomima:
JUEZ: Está usted aquí por representar un peligro para la sociedad. Son los seres de su calaña los que hacen de mi profesión algo divino, omnipotente y sagrado. Pero no me interprete mal. Yo no soy Jesús, ni siquiera Dios Padre ni el Espíritu Santo. Si fuera alguno de ellos, usted y todos los psicópatas de este mundo no existirían. Todas y cada una de las mañanas de cada día me levanto de la cama pensando que la vida es una sucesión de maravillas sin fin, dispuestas para gozarlas, pero cuando llego a este grisáceo edificio y me pongo esta oscura toga, que en su día vistió a mi padre y mi abuelo, sólo tengo ganas de llorar. ¿Sabe cuántos años llevo juzgando a excrementos como usted? 37. Dentro de seis años me jubilaré. Y dedicaré mi tiempo a pescar, a disfrutar de los míos y a predicar la palabra del Señor. Cuando eso suceda, mis cansados ojos no tendrán que volver a posarse en basura como la que usted representa. Para terminar, sólo quiero subrayar que después de que dicte sentencia, justo en el momento en que su infecto olor abandone esta estancia, imaginaré como arde en el infierno. Y sus gritos de dolor se transformarán en gozo para mi corazón. ¿Tiene el acusado algo que decir?
SECUESTRADOR: Señoría. Sólo una cosa, si me lo permite. ¡Dios Padre, Jesús y el Espíritu Santo son una misma persona!
JUEZ: Le condeno a…
Esta celda es estrecha, pero me siento confortablemente en ella. Esta mañana me he comido una araña que se escondía tras su tela en un rincón de la pared. Su sabor me ha recordado al del gazpacho industrial que venden en Mercadona. Desde luego su sabor era infinitamente más suculento que los macarrones que nos sirvieron ayer.
Es extraño, mientras reflexiono sobre mi futuro, no puedo dejar de pensar en la cocodrila. Por algún motivo, siempre me recordó a la madre de mi padre. Yo quería a mi abuela, pero ella siempre puso cierta distancia entre nuestros cuerpos. La verdad es que yo siempre quise a toda mi familia. Y a cada uno de mis amigos. Todavía espero que me devuelvan el amor que derroché con ellos. ¡Sólo quiero un poco de amor! ¡Necesito que me quieran! Aunque sea de verdad.
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