![]() |
| Roy Lichtenstein. Magnifying glass (1963) |
Hola:
Si alguien ha sufrido lo indecible en esta vida, ese ha sido mi amigo Cosme. Hace cuatro años su madre lo ingresó en un frenopático por intentar poner un mini tanga a una patata y desde entonces su vida ha ido de mal en peor. Cuando le dieron el alta de la institución mental, Cosme, al que por entonces llamábamos «Cosme», pero pronunciado con acento nigeriano, decidió de repente que le gustaría saber el por qué de las cosas, pero no de todas las cosas, sólo de algunas pocas cosas, ese tipo de cosas en las que por miedo o simplemente vagancia a nadie se le ocurre indagar. Por eso se hizo escrutinizador de entidades, aunque a él le gustaba más presentarse como indagador de elementos existentes, inexistentes, reales, irreales, concretos o abstractos. ¡Y se ganaba muy bien la vida! Tenía un gran abanico de clientes que iban desde una trapecista, que necesitaba conocer imperiosamente la razón de su fobia a las redes de pesca manufacturadas con cáñamo y fibra sintética en la proporción 40% y 60 % respectivamente, hasta un esquimal de 25 años que odiaba cualquier temperatura por debajo de los 29 grados siempre que la humedad relativa estuviese en discordancia con la velocidad y dirección del viento y que, debido a los trastornos que le producían esas incógnitas, precisaba a menudo con relativa urgencia una respuesta que le satisfaciera.
Todos sabemos que la vida es una mentira, o por lo menos no es una verdad total y mucho menos una realidad consistente. ¿Cuántas veces hemos sentido deslizarse sobre nuestros deseos a los largos dedos de la insatisfacción? A mí me sucede constantemente, por eso no me sorprendió demasiado cuando Cosme fue ingresado en el manicomio por segunda vez. Parece ser que, no hallando respuesta para la cuestión planteada por un cliente, su cerebro entró en la misma fase de tubérculo que la vez anterior y le sorprendieron afeitando las ingles de una cebolla joven. Nadie le preguntó si necesitaba ayuda. Todos dirigieron su dedo acusador a su cabeza y le condenaron sin juicio previo. Ahora se pudre en una celda acolchada del módulo tres. Su madre llora desconsoladamente cuando alguien pregunta por él. Su padre da vueltas en su nicho de lujo en el cementerio parroquial. Yo, en estos momentos me pregunto algunas cosas que realmente no tienen demasiado sentido, pero como Cosme ya no trabaja, no tengo ni idea de a quién dirigirme. Nadie puede ayudarme.
Besos
