Email del 7 de julio de 2014

Leonardo Alenza. Satire of the romantic suicide (1839)

Hola:

Ayer volví a intentar suicidarme. Después de redactar unas breves líneas al juez, y otras mucho más extensas a mi familia, amigos y amantes, acerqué a mi cráneo el cañón de una pistola y apreté con fuerza el gatillo. Como el arma era de chocolate sólo logré mancharme la sien. Desde entonces no para de revolotear mi cabeza una mosca, diminuta como un grano de arroz sorgo y tan pesada como la esposa de mi tío Braulio cuando intenta una y otra vez contarnos los dolores de su primer parto. Autoeutanasiarse no es tan fácil como puede parecer, por lo menos, procurando que el proceso sea lo más indoloro posible. Conocí a un tipo que lo intentó acercando su nariz a la boca de una mujer con halitosis -que previamente había contratado- pero lo único que consiguió fue un tremendo dolor de cabeza y algunas arcadas francamente desagradables. Según la web «Suicideeasy.com» la mejor manera de quitarse de en medio es calentando calcetines sucios de mendigos en un hornillo y respirando su vapor ponzoñoso.

Desde que cumplí 19 años, he intentado evaporarme unas siete veces. Una vez casí lo conseguí escuchando toda la discografía completa de Bumbury, pero al final lograron salvarme con varias transfusiones y la promesa del representante de dicho artista de que su representado dejaría definitivamente la música y se retiraría a un pueblecito de las Hurdes donde tenía pensado abrir una peluquería-castañería-carnicería de lujo.

Mientras te escribo estas líneas me rondan por la cabeza dos ideas: la primera bautizar a la mosquita pesada como Alexis Rose, que es un nombre compuesto que le va perfecto; la segunda, volver a intentar terminar con mi existencia esta noche, tras mis oraciones marianas post-coitales. Como ya sabes, mantengo una relación sentimental con una faja enteriza moldeadora y adelgazante que adquirí en el rastro, a la que hago el amor como un poseso todas las noches y a la que pienso dejar todas mis posesiones.

Un besazo