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| Jean Michel Basquiat. Now is the time |
Querida amiga:
Son las cinco de la madrugada. Una gata callejera en celo me ha despertado con sus maullidos lastimeros y al mismo tiempo me ha devuelto a la realidad: el silencio absoluto no existe. Llevo varios minutos calibrando mis pensamientos e intentando dirigirlos hacia un punto en el que puedan llegar a significar algo, pero por alguna razón no puedo dejar de pensar en un párrafo de una canción de Artur lee:
«Y cuando lo has dado todo,
y todo resulta que sale mal,
y todos tus secretos son sólo tuyos,
entonces puedes sentir tu corazón golpeando
trum-pum-pum-pum.
Y yo estoy
envuelto en mi armadura,
pero mis cosas son materiales,
por eso estoy
perdido en la confusión»
Quizá debería vover a la cama, pero me gusta escuchar esos maullidos casi humanos. Me recuerdan a los que emite un niño recién nacido al que le quedan un montón de desgracias por sufrir. Por esa razón no puedo dejar de sentir cierta pena por el animal, y por el bebé que alguna vez se convertirá en adulto. Y por esos millones de microsegundos que invertirá intentando comprender lo incomprensible. Porque, seamos razonables, ¿quién es capaz de entender y asimilar la realidad concreta?
Los días son blancos, las noches son rojas. A veces las horas que funden el tiempo se muestran hostiles y me veo obligado a castigarlas. Entonces el cortocircuito formado entre el paso del tiempo y la objetividad quebrantada se desintegra y por un momento siento que soy capaz de comprender el texto del guion. Pero el telón ya no existe. El público ha abandonado las plateas, y los pocos que descansan en los asientos más caros sólo quieren saber cuál es el final.
Pero el final es el principio. Y si quieres que te sea sincero, me aterra. Pero no porque sea una iteración casi exacta de los mismos procesos, sino porque soy incapaz de modificarlo.
Un abrazo
