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| Blinky Palermo. Who knows the beginning and who knows the end (1976) |
Hola:
Últimamente me comporto más como un maniquí antropomórfico de impacto que como una rareza perteneciente a la familia de los Homo sapiens. Y como cualquier Dummy que se precie, sólo salgo de mi armario cuando alguien necesita estrellarme. No es que me guste demasiado servir de diana en asuntos de choques, pero he llegado a la terrible conclusión de que es para lo único que valgo. Ya sé que estarás en desacuerdo conmigo, pues siempre has pensado que soy un buen felpudo donde poder limpiarse la suciedad humana que se adhiere al interactuar con esa clase de bípedos sociables. No necesito la mierda de nadie. Ya dispongo de la mía propia.
¿Qué es lo que está sucediendo? Bueno, no lo sé, pero no me negarás que se trata de una buena pregunta. Me la hizo hace unos días una amiga por teléfono. No pude responderle. Y casi me quedo parapléjico mental cuando me hizo escuchar una conversación que había grabado por el móvil con uno de sus mejores amigos… que estaba cambiando…
MI AMIGA: Diga…
SU AMIGO: Hola Sandra. ¿Sabes quién soy?
MI AMIGA: Claro. ¿Olvidas que puedo ver tu número?
SU AMIGO: ¿Ya me has perdonado?
MI AMIGA: Yo no tengo que perdonarte nada. Ya te lo dije. Si lo del otro día era un juego, no me gusta nada jugar a eso. Si era verdad… debes ir lo más rápido posible al psiquiatra.
SU AMIGO: ¿Tan malo es lo que te dije? Sólo quería que quedásemos para enseñarte la minga. Nada más.
MI AMIGA: No empieces o cuelgo.
SU AMIGO: ¿Qué clase de amiga eres? Siento la necesidad de enseñar la minga a la gente que quiero. ¡Y tú te niegas!
MI AMIGA: Enséñasela a otros. Voy a colgarte.
SU AMIGO: ¡No! ¡Por favor! No cuelgues. Ya se la he enseñado a más gente. Ayer me la saqué delante de Rosa, la prima de Aurelio, pero me ha denunciado…
MI AMIGA: Tío, debes ir al médico. ¡Ya no te conozco! ¿Qué coño te sucede?
SU AMIGO: No me pasa nada, pero tengo que enseñar la minga a doce personas cada día o mi madre morirá.
MI AMIGA: ¡Tu madre murió hace nueve años!
SU AMIGO: Esa que murió no era mi madre. Era una forma humana simplemente. Mi verdadera madre vive en Gliese 163 C y es inmortal.
MI AMIGA: Voy a colgarte. No vuelvas a llamarme nunca. Y…
SU AMIGO: ¡Espera! Te envío una foto de mi minga por email. De esa manera también sirve.
MI AMIGA: ¡Hasta nunca!
Cuando mi amiga colgó y se repuso de la conversación, telefoneó a Marta, una de sus hermanas y antigua novia de ese enfermo y le contó lo ocurrido. Ésta, en lugar de asombrarse, asintió con un sonido gutural y ambas mantuvieron un diálogo bastante raro y que voy a tratar de transcribir aquí tal y como ella me lo relató.
MI AMIGA: ¿A ti también te llama?
SU HERMANA: Claro. Lleva varias semanas tratando de enseñarme su…
MI AMIGA: ¿Pero qué le pasa?
SU HERMANA: No tengo ni idea. Antes de ayer quedé con él, más que nada para tratar de ayudarle. Fuimos a un pub. Al principio todo marchaba bien, pero conforme pasaba el tiempo algo empezó a sucederle. Quiero decir… es como si… no sé… empezó a cambiar y a suplicarme que le dejara sacarse eso. Decía que aún necesitaba enseñársela a tres personas más o su madre…
MI AMIGA: Su madre moriría. Eso ya lo sé…
SU HERMANA: Como me negaba en redondo se fue poniendo cada vez más histérico. Y cuando le recordé que su madre ya estaba muerta explotó y se la sacó allí… ¡delante de todo el mundo! Cuando el camarero lo cogió por el pelo para sacarlo del local…
MI AMIGA: ¡Qué desastre!
SU HERMANA: Bueno… al final salí a la calle y le acompañé a casa. Mientras caminábamos me confesó que su madre sólo puede salvarse si se la enseña a doce conocidos. No vale que se la vean personas a las cuales no conoce.
MI AMIGA: ¡Es increíble! ¿Esquizofrenia?
SU HERMANA: No creo. A mí me sucedió algo parecido hace años. Creía que si no enseñaba los pechos a tres carpinteros cada día pillaría herpes vaginal.
MI AMIGA: ¡Va! No bromees…
SU HERMANA: ¿Y qué quieres que haga? ¿Qué me ponga a llorar porque uno de mis ex necesita enseñar su minga para que su madre muerta no se muera otra vez? ¡Es todo tan extraño!
MI AMIGA: ¡Tienes razón!
¿Qué es lo que está sucediendo? Bueno, no lo sé, repito. Mientras trato de encontrar alguna buena respuesta, mi cerebro se asemeja a un palimpsesto bituminoso. Quizá debería decidir de una vez si quiero continuar, o por el contrario es preferible detenerme. Pero si me detengo ahora, ¿quién me asegura que hago lo correcto? Podría haberlo hecho mucho antes. O no hacerlo nunca. O detenerme el tiempo justo para reparar en que no sé por qué me detengo. O continuar para siempre, sin importarme demasiado el hecho de que todo empezó para poder tener un final. ¡Mierda! Yo sólo quiero que todo vuelva a ser como fue en un principio, cuando no poseía la capacidad para distinguir lo que tiene sentido, de lo que no es más que una insuficiencia manifiesta para comprender y asimilar algo que pertenece a un grado superior. ¡No quiero detenerme! Pero, tampoco puedo continuar. Y entre medio de lo que llamamos «principio» y «final» no existe nada que pueda aceptar como adecuado, oportuno o conveniente. Ni siquiera lógico.
