Email de 22 de junio 2015

Pablo Picasso. Lying naked woman (The voyeurs) (1955)

Hola:

«Miraba a través de los cristales de la ventana, pero no veía nada. Las gotas de lluvia resbalaban por el vidrio, impidiendo a mi retina traspasar la habitación y concentrarse en lo que sucedía afuera. Así que empecé a imaginármelo. Y puedo asegurarte que lo que imaginaba me producía una satisfacción que pocas veces había experimentado hasta entonces. Si no me engañan las manecillas del reloj, estuve inventando sensaciones visuales durante casi siete horas, hasta que los gemidos de mi otro yo me obligaron a transformar los placenteros viajes mentales en depravación, deformidad y dolor.»

El párrafo anterior es lo único que tengo escrito de mi próximo cuento, titulado «Aporía disortográfica». La verdad es que tengo tres versiones del mismo que, a la vez, es el comienzo de la historia. El problema radica en que prefiero la segunda versión, aunque si al final me decidiera por ella, tendría que cambiar el título del texto. Voy a pegártela y espero que me ayudes a elegir entre las dos:

«Miraba por los prismáticos, pero las ramas de un inmenso árbol me impedían contemplar con claridad cómo se desnudaba mi vecina. Así que intenté imaginármelo, y debí hacerlo realmente bien, porque una erección salvaje acompañada de una orden del cerebro me empujaron al cuarto de baño. Nada más entrar y echar el cerrojo, me bajé los pantalones y el calzoncillo con un movimiento tan rápido y poco sensual, que hizo que la rigidez de mi miembro se tornara en flacidez y laxitud. Entonces, y todavía no sé por qué razón, empecé a pensar en flanes»

Mientras te copiaba esta versión he decidido que no me gusta nada. Es más, creo que es tan mala como cualquier cosa que haya escrito Almudena Grandes, así que la elección ahora oscila entre dos textos. El que encabeza este email y el próximo que, como habrás adivinado, es la tercera versión:

«Miraba una mancha de color grisáceo que destacaba entre el resto de suciedad que se parapetaba en una de las paredes del pasillo de mi casa: la que utilizaba para jugar al frontón con una naranja cada vez que mi ex-amante me llamaba por teléfono para contarme con cuántos se había acostado esa semana. Al principio no me di cuenta, pero al cabo de un par de horas reparé en que ese borrón o salpicadura me recordaba la cara de Sara, la única mujer que me ha violado en mi vida. Todavía lo recuerdo. Recuerdo cómo me agarró por las orejas y me tiró con una brusquedad inusitada sobre el sofá de dos plazas. Mientras me pegaba con fuerza, intentaba desnudarla, pero cuanta más ropa le arrancaba, más me abofeteaba. Al final decidí ponerme a cantar…»

Bueno, amiga mía, esas son las tres versiones. Espero que me ayudes a decidirme. Sabes que siempre suelo hacerte caso y que tus consejos para mí son tan sagrados como el Diazepam que corre por mis venas. En cuanto me envíes la contestación, intentaré continuar con el cuentecito y transformarlo en una verdadera obra maestra.

Un abrazo