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| Ken Currie. Ultimatum (2003) |
Amiga mía:
Era un perro grande, aunque no recuerdo de qué raza. En realidad, por aquellos días yo no me encontraba en condiciones de diferenciar un Gran Danés de una columna dórica, así que no me extrañaría nada que en lugar de un chucho fuera una persona, una cuba de salitre o incluso el mismísimo Dios Chulhu. Como te iba diciendo, lo que fuera era algo grande, y llevaba varios abrojos enredados en algo que me recordaba al pelo, así que usando un 25 % de mi gallardía natural me dispuse a quitárselos de la cabeza. Pero no pude: en el mismo instante en el que me disponía a arrancar el primero, el que estaba situado más a la derecha, a la derecha de lo que parecían unas grandes orejas, ya sabes, orejas, esos dos pingajos de carne que usamos para escuchar conversaciones completamente idiotizadas, bueno, pues eso, en ese momento algo pasó por mi lado y el flujo que levantó me hizo estremecer. Algunos, es decir los testigos del suceso, juran que no me estremecí, sino que me puse a imitar a un Pigargo vocinglero, aunque yo no me lo creo. Lo que creo es que me estoy perdiendo. Releeré mi relato. ¡Ah, sí! Juro por la mantequilla que le untó Marlon a María que me asusté, y presa del pánico corrí y corrí hasta llegar a casa de alguien que un tiempo atrás amé, pero que en la actualidad ejercía de mi chulo. Cuando me vio, me pegó dos guantazos y me dijo cosas horribles, como que de todos sus esclavos yo era el más infrahumano y que deberían lapidarme. Mientras de su bocaza repleta de dientes negros y saliva verde salían semejantes exabruptos, mi mente reconoció un déjà vu.
Ahora era un niño y mi padre me sonreía mientras yo hacia tonterías para ganarme su afecto. Era otro tipo de prostitución y en este caso mi progenitor era el proxeneta, aunque yo nunca vi un duro. Eran otros tiempos. Después de varios minutos escuchando que era la ricura de su vida… ¿Yo la ricura de su vida? Maldito bastardo mentiroso, te mereces un buen ictus que te deje postrado en una cama hasta el resto de tus días. Retomo la frase que dejé perdida: después de varios minutos escuchando que yo era la ricura de su vida, sentí nauseas y le vomité encima. Entonces, de repente, dejé de ser la puta ricura de su vida y comenzó a estrangularme. Mientras apretaba con todas sus fuerzas abandoné mi cuerpo y me convertí en un ente, es decir, algo que es, existe o puede llegar a existir. Y me vi a mí mismo como una forma de vida suprema que resplandecía y…
Mi chulo, el subhumano, dejó de pagarme y regresé de nuevo a la mierda, al presente. Mientras me secaba la sangre de la cara, tuve unas enormes ganas de evaporarme. Cuando me obligó a salir de su cuchitril, sentí ganas de darle las gracias a Dios, ese ser irracional que permitía que me sucedieran tales cosas. Una vez en la calle, libre de las vejaciones de semejante animal, volví a divisar mi futuro completamente agotado. Mientras sonreía, me dije a mí mismo:
-Si me vuelvo a ver, juro que me dispararé.
Un beso
