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| Giovanni Battista Piranesi. The smoking fire |
Me encanta fumar. Con un cigarrillo en la boca me encuentro más carnal, más erótico. Con dos cigarros en la boca me encuentran más subnormal, por eso siempre me los fumo de uno en uno. Pero también me vuelve loco hacer varias cosas que terminan con ar, como abarbechar, titilar, alforrochar, candonguear, acensuar, embrosquilar, aquellotrar, perniquebrar, achucuyar o zaragatear. Nunca he soportado a los que se han desenganchado del tabaco y ahora se dedican a sermonear sobre los peligros que conlleva su inhalación. También es sumamente peligroso abrocharse la cremallera del pantalón de un tirón, sobre todo si se es hombre o transexual, y a nadie parece importarle. Entonces, ¿por qué existe esa cruel demonización? La respuesta es elemental, pero de tan sencilla yo no la conozco. Y aunque la conociera, no podría entenderla. Y si fuese capaz de entenderla, haría como que no la comprendo: en el pasado, hacerme pasar por tontito me ha sacado de graves apuros.
Cuando el humo pasa por mi garganta, siento que que soy un tipo sensacional. Lo único que me jode de toda esta situación es tener que pagar por fumar. Puedo tolerar el tener que apoquinar por comida, plantas o drogas, pero por tabaco me fastidia hasta un punto en que me convierto en psicópata. Por esa razón hace unos años intenté atracar un estanco. Como me puse un poco nervioso, entré de un salto casi atlético en el establecimiento, pero con un pasamontañas en la mano y el revólver en la cara. Al verme de esa guisa, el estanquero me pidió matrimonio. Lo rechacé porque me recordaba a mi tía Enriqueta, la que fabricaba orinales en la posguerra. Aun después de tanto tiempo, sigo convencido que fue una mala decisión, pero he tomado tantas de esas en mi vida. Como cuando decidí hacerme un tatuaje en la columela, pero eso es otra historia.
Si hablamos del éxtasis que provoca el tabaquismo, deberíamos considerar que lo más importante es la marca de los cigarros. Y si al comprarla regalan mechero, muchísimo mejor. Personalmente prefiero fumar tabaco pelirrojo o albino, aunque en determinadas ocasiones me he tenido que contentar con un triste cigarrillo rubio emboquillado. Tenía una prima que adoraba fumar judías verdes planas, por eso la llamaban «la bachoquetera». Lamentablemente falleció una noche ahogada en su propio sueño húmedo. Su marido no pudo soportar la pérdida y desde entonces se niega a cocinar paellas. Pero es capaz de comer una o dos raciones si se sustituyen las judías por conguitos u ositos de regaliz.
