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| Arthur Rackham. When Caliban was lazy and neglected his work |
La dos cosas que más odio son ir al odontólogo y escribir. La primera no me aporta ningún beneficio, pues es de todos conocida mi aversión a las conversaciones banales entre médico y paciente, sobre todo si éstas se desarrollan con mi boca abierta y con diferentes tipos de instrumental dentro. Escribir, no sólo me saca de mis casillas, sino que me transforma en una especie de cretino engreído e insolente. Entonces, ¿por qué razón voy al dentista y escribo regularmente? Iba al estomátologo porque no tenía más remedio, sobre todo si deseaba seguir sonriendo sin causar pavor. Escribía porque me salía mucho más económico que suicidarme. Lo que verdaderamente me gusta hacer es no hacer nada. Pero incluso a veces, no hacer nada termina por cansarme. Cuando eso sucede, suelo mandar un par de órdenes al cerebro, como por ejemplo, me pica una pierna o me apetece bostezar, y mi cerebro ejecuta el mandato sin dilación alguna. Entonces vuelvo a seguir no haciendo nada y esperando hasta el siguiente aviso de agotamiento. Es una especie de maniobra cíclica que me conviene. A veces pienso que debería reencarnarme en un Ficus o en una tortuga tetrapléjica. Lamentablemente, no siempre puedo entregarme a mis pasiones, pues para algunas funciones corporales, sobre todo las excrementales, necesito estar despejado y alerta. Aunque hasta para eso he desarrollado un método que impide las interrupciones constantes, debidas a un mal funcionamiento de la vejiga como consecuencia de mi avanzada edad. He transformado una garrafa de 5 litros de agua en un orinal. Podría haberlo comprado, y de porcelana, pero nunca me apetece desplazarme más allá de dos centímetros de mi sofá favorito.
No hacer nada no es lo mismo que hacer muy poco. Nadie debería confundir ambos términos. Hacer muy poco es algo común entre los españoles, sobre todo los de la zona mediterránea, pero no hacer absolutamente nada es algo tan sumamente complicado que sólo está al alcance de semidioses como yo. Incluso he decidido dejar de fumar, y eso que me encienden los cigarros un par de esclavos que tengo contratados por medio de unos chantajillos, pero inhalar el humo me extenúa. Lo mismo me sucede al mirar fijamente en cualquier dirección. A partir de mañana no pienso abrir los ojos. A decir verdad, ni siquiera voy a abrir la boca, y mucho menos las piernas. Hace un par de años que no me ducho y algunos más desde que dejé de pensar, pues llegué a la conclusión de que era una enorme pérdida de energía. Poco o nada me importa que mi compañera sentimental me llame «Greg cogió su fusil». No hago daño a nadie y no quiero que nadie me lo haga a mí. Tampoco soporto cuando alguien insinua que estoy muerto, porque no lo estoy. Los muertos no babean.
