Email del 24 de septiembre 2017

Jean-Michel Basquiat. Irony of the Negro Policeman (1981)

Me encontraba en casa, sentado en el sofá de dos plazas y comiendo unas barritas de pan con chocolate de la marca Velarte, cuando de repente, me vino a la cabeza una imagen del pasado menos reciente. Esta, con una resolución excelente y sin ninguna traza de pixelación o dentado, pesaba demasiado, creo que unos 80.000 terabytes, por lo que en menos de nueve microsegundos cósmicos me produjo un dolor de cabeza insoportable. Lo primero que pensé fue en tomarme un Dolalgial o un Termalgin, pero no pude encontrar ninguno en toda la casa. Ni siquiera en la casa de la vecina. Bueno, creo que tendría que explicar lo de la casa de la vecina, pues si no lo hago, corro el riesgo de que la narración se vuelva confusa, o lo que es mucho peor, incomprensible.

Hace algunos años -no voy a explicar cómo o la razón por la que lo hice- me agencié una copia de la llave de Soraya, mi vecina rubia de 34 años. Cada día, cuando se iba a trabajar, entraba en su casa y cotilleaba sus armarios y sus cajones. Eso me producía ganas de hacer de vientre (supongo que la maldad tiene algo que ver con la mierda y sus fundamentos) y enseguida tenía que correr hacia mi casa y meterme en el aseo. Un día, creo que fue en el mes de marzo del año pasado, descubrí que era imbécil. ¿Por qué razón tenía que correr hasta mi váter si en su casa habían dos. ¡Y además con azulejos de color rosa, papel higiénico rosa, toallas rosas y un maravilloso olor ambiental a rosa!

La primera vez que defequé en su inodoro sentí que todas las praderas del mundo, con todas sus flores, me pertenecían. Que todos los árboles, arbustos, matojos, matorrales, setos o macizos comulgaban en una especie de eucaristía celestial. Y que yo no era más un infusorio grotesco en un mundo de sensaciones olfativas desbordantes. Me cautivó tanto la percepción que evacué siete veces en menos de cinco minutos. La última fue demasiado olorosa, porque desde ese instante el cálido olor a rosas se transformó en una fragancia repulsiva realmente insoportable y no tuve más remedio que largarme a mi casa y confiar que en un par de horas el ambiente de su «salle de bain» se normalizara.

Supongo que no se normalizó lo suficiente, pues sobre las cuatro de la tarde escuché un grito de terror tan enfermizo, a un volumen tan elevado, y con una rabia intrínseca tan incrustada, que colegí que se avecinaba una tempestad. A la media hora exacta del alarido terrorífico escuché un ruido semejante al que emite un policía local cuando alguien le mete mano al paquete sin previo aviso. Y eso es lo que era: un policía. Bueno, dos policías. Pero nadie les estaba metiendo mano a sus partes íntimas. Acerqué la oreja derecha, que es en la que no llevo el Sonotone, y me puse a escuchar la conversación que ambos mantenían con Soraya.

SORAYA: Les digo que alguien ha, ha, ejem, ha hecho caca en mi cuarto de baño.
POLICÍA 1: ¿Quiere decir que alguien se ha cagado en su retrete?
SORAYA: Sí, sí.
POLICÍA 2: Quizá su novio, señorita.
SORAYA: No tengo novio. Vivo sola.
POLICÍA 1: No comprendo cómo alguien puede haber cagado en su retrete si vive sola. ¿No habrá sido usted y no lo recuerda?
POLICÍA 2: No diga tonterías, Anselmo. Cómo va la señorita a defecar y no recordarlo?
POLICÍA 1: ¿Por qué no? A mí me pasa a menudo. Tengo que apuntar todos los días si he cagado o no para no repetir la…
POLICÍA 2: Por Dios, Anselmo, cierre la bocha.
POLICÍA 1: ¿La qué?
POLICÍA 2: La boca. Es esta maldita dentadura postiza…
SORAYA: ¿Les interrumpo? ¿Creen que podrían ayudarme?
POLICÍA 1: Señorita, desde que soy policía no he dejado de ayudar a nadie nunca. Y debo hacerlo muy bien porque mi mujer me dejó hace dos años.
POLICÍA 2: ¿Y que tiene que ver que tu mujer se largara hace dos años con el comisario Taylor con el ayudar a la gente?
POLICÏA 1: No sé por qué tenéis que llamar Taylor al comisario si es de Pontevedra y se llama Arturo Negreiros Sanmartiño.
SORAYA: Ejem. Creo que les estoy molestando, caballeros. Les doy mi número de teléfono y me avisan si…
POLICÍA 1: ¡Antes tenemos que ver el cuerpo del delito!
SORAYA: ¿Cómo dice?
POLICÍA 2: Señorita tenemos que ver el, bueno, el zurrullo y tomar muestras. Es nuestro trabajo.
SORAYA: Pero si estiré la cadena. ¿Están tomándome el pelo?
POLICÍA 1: Señorita, no debió hacerlo.
POLICÍA 2: Era la única prueba de la que disponíamos.

Llegados a ese punto, dejé de escuchar y me tragué la copia de la llave de su piso. Ya no existían pruebas en mi contra. ¡Estaba salvado! Estaba salvado a menos que Soraya oliera mis excrementos y atara cabos. Pero no tenía que preocuparme. Ella nunca entra en mi casa. Está demasiado ocupada siendo guapa e inteligente. Y yo no admito visitas, pues no tengo ganas de barrer, limpiar el polvo, pasar la mopa y fregar los cacharros y cubiertos del fregadero. Me encanta no hacer nada. O casi nada. A veces, intento poner orden y hago ciertas naderías, que no pasan de ser insignificantes bagatelas, pero enseguida vuelvo a las andadas, me siento en el sofá de dos plazas y dejo que las imágenes entren en mi cabeza.