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| George Stefanescu. Harlequin’s sadness (1978) |
Querida:
Vuelvo a ser infeliz. ¡Yupiiiiiiii!
P.S:
Cuando éramos unos niños, nos creíamos seres especiales. Pronto crecimos y seguimos pretendiendo ser únicos. Ahora somos bastante más viejos, todavía no formamos parte de eso que llaman «tercera edad», pero pronto acabaremos bailando o jugando al dominó en algún centro municipal para personas mayores. Quizá entonces seamos especiales. Tú siempre has defendido que lo somos a cualquier edad, sin embargo yo no creo que exista nadie a quien distinguir como singular, exclusivo. Por supuesto, estoy hablado de todos. De tí y de mí, pero también de ellos, de vosotros…
A veces, cuando hace frío abro la ventana. La mayor parte de la gente que conozco suele hacer lo contrario. Mi actos no son meras afirmaciones de contradicción. Abro la ventana porque algo, dentro de mí, necesita que el aire frío me golpee con saña el rostro. Ignoro si la orden es real o una ilusión premeditada de mi cerebro. Si es real, el aire frío golpea mi cara. Si es una ilusión, el aire frío golpea mi cara. La cuestión no es por qué permito que el frío exterior inunde el interior y azote mi cara. La cuestión es que necesito sentir el aire frío arañando mi rostro para justificar una necesidad primordial sensitiva. Poco importa que esta sea inútil o absolutamente apropiada. No sé cómo explicarlo. Seguramente no debería intentar explicarlo.
Tengo cinco minutos para terminar. Siempre me doy cinco minutos para todo. Podría duplicar la cantidad y nadie se enteraría. Pero no lo hago porque necesito ser severo con mis propios despropósitos. Son míos. Siempre han formado parte de mí. Sin ellos todas las líneas serían rectas. Y todos los colores primarios. Y cada grieta, rendija o hendidura que nace, vive y muere en cada uno de mis innumerables errores, se asemejarían a los que ya existen y están reconocidos y catalogados. Esos que forman parte del registro de equivocaciones del género humano.
¿Alguna vez he sido feliz? ¿Alguna vez he sido feliz sin proponérmelo? ¿Como una especie de castigo inmisericorde y equitativo? ¿O como una sensación aparatosa que pueda servirme para aparentar un estado de ánimo que desconozco por completo? ¿Alguna vez he mostrado mis cicatrices? He hablado a menudo de ellas pero jamás he podido dejar que nadie las viera. Quizá no existen. Quizá solo soy un embaucador. Quizá… Existen tantos y tantos quizás. Unos se presentan en singular, otros necesitan sentir la multiplicidad recorriendo sus degradaciones impresas. Pero todos pertenecen a ese grupo que deja abierta las puertas a las circunstancias. Y estas, a menudo son viles, ingratas, fingidas o innecesarias.
No quiero pensar en nada que me relacione con eso que he denominado en el primer párrafo como «seres especiales». No creo que existan. Y si realmente viven y se relacionan con el resto, me importa más bien poco. Yo soy espacial. A primera vista, ambos vocablos se parecen, pero un idiotizado grafema abierto anterior no redondeado le imprime la condición necesaria. Tú puedes creer, como mi madre, que todos somos o parecemos especiales, únicos. Simplemente por haber sido concebidos en un acto de amor o placer. Yo necesito creer que todos sois especiales o únicos, pero yo soy espacial y pertenezco a un orden quizá superior o quizá inferior, pero afortunadamente diferente.
Greg
