![]() |
| Vincent van Gogh. Head of an old man (1885) |
VECINO: Hola, vecino. Estoy helado.
YO: Hola, Roberto. Sí, caray, hace un frío que pela.
VECINO: Es insoportable. Hasta Bartolín está congelado. Es normal, hay que fregar los cubiertos…
YO: Perdona, Roberto, no te entendí. ¿Tu hijo no se llama como tú?.
VECINO: Bartolín es mi picha. Cada vez que friego los cubiertos y después voy a mear, la congelo.
YO: Ah, ejem, claro. Pues ve a mear antes de fregar ¿no?
VECINO: ¿Me estás vacilando?
YO: Joder, no. Mira que llamarle Bernardín.
VECINO: Bartolín. Bartolín. En honor a mi madre, Bartola. Antes era Bartolo, pero mientras más viejo me hago yo, más joven quiere hacerse él.
YO: Ajá. Bueno, me voy corriendo. Me esperan en la clínica para extirparme el hígado. Que tengáis un buen día ambos.
VECINO: ¡Coño! Que no sea nada, Gregorio…
Dijo Rafael Sanchez Ferlosio, en uno de sus fundamentales libros, que lo más sospechoso de las soluciones es que se las encuentra siempre que se quiere. No puedo estar más de acuerdo. Las soluciones tienen un propósito fundamental, aunque no por ello francamente desopilante: narcotizar las dudas y modificar los desenlaces. Pero si nos aflojamos un poco los pantalones o las faldas, y el riego sanguíneo puede recorrer sin impedimento las venas de nuestros decrépitos cuerpos, comprenderemos que realmente nada tiene solución. N-A-D-A. Todo lo más conclusión. Y hasta donde mis 145 de CI alcanzan, una solución dista mucho de ser una conclusión. Ambos vocablos son realmente sugestivos y terminan con la silaba «on», como anatematización, connaturalización y deslateralización, aunque sus definiciones son verdaderamente desemejantes. Pero existe un problema. O mejor dicho, YO tengo un problema, bueno, tengo varias decenas de ellos -pues llevo la cuenta en una libretita negra de tapas duras- pero solo uno es lo suficientemente inquietante como para quitarme el sueño: el espejo. El espejo que me insulta cada día. El jodido espejo que intenta por todos los medios que tome conciencia de esa figura vieja, achacosa y repugnante que se refleja sobre su superficie pulida, que no es otro que yo. Con o sin circunstancias. Poco importa eso en estos instantes. Si tuviéramos algo de sentido común, tú, él, ella, todos, incluido YO, nos moriríamos antes de haber cumplido los 40 años. Cuando nuestros rostros y nuestro cuerpo todavía conservan atisbos de juventud. Y nuestro cerebro todavía no ha empezado a olvidar los recuerdos escondidos en la memoria.
CAMARERO: Buenos días, Greg. Hacía tiempo que no te veía.
YO: Buenos días. He estado constipado. Pero no te acerques demasiado, todavía llevo una buena turca.
CAMARERO: Se te nota en la voz. ¿Un cortadito con la leche fría y sacarina, no?
YO: No, hoy lo quiero con la leche abrasando, sin sacarina.
CAMARERO: ¿Con azúcar?
YO: Sin azúcar. Ni sacarina. Quiero tomármelo sin avasallarlo. El café me ha hablado esta noche en un sueño y me ha dicho que soy idiota por disfrazar su exquisito sabor amargo.
CAMARERO: Hostias, Greg. Me quitas un peso de encima. Yo también oigo voces. No se lo había dicho a nadie por temor. Ayer una servilleta me dijo que como soy tan atractivo no llegaré a los 25.
YO: Jajajaja, cabrón, si ya debes estar cerca de los 40. Déjate de patochadas y tráeme el cafetito que estoy helado.
CAMARERO: No estaba de broma. Y tengo 24 años. Los cumplí hace tres días. Eres un hijo de puta. Me has mentido para burlarte de mí. Voy a mearme en tu puto café, gilipollas de los cojones.
Como es natural, no se puede negar que la senectud es un periodo -el último- de la decadencia humana. Ese descenso a la Nada que comenzó segundos después de haber salido por la vagina de la persona que dice ser tu madre, haber sentido los gritos de falsa satisfacción del tipo que dice ser tu padre y haber recibido una palmada con muy mala leche de una «cosa» que se llama a sí misma doctor y que se cree Dios por haber estudiado muchos años. ¿Cuántos de nosotros hubiésemos nacido si nos hubiesen concedido la posibilidad de elegir? Con esta pregunta no quiero dar a entender que la existencia es aterradora, siniestra y negativa, porque aunque estoy totalmente convencido de que lo es, quiero que los pocos valientes que lean este texto continúen hasta el final. Soy una puta, lo he repetido en innumerables ocasiones. No me visto con shorts y blusas trasparentes, pero soy una zorra de alto nivel. Los 55 años pasados tienen parte de la culpa. Podría arrepentirme pero no sería más que otra mentira.
DEPENDIENTA: Hola caballero, ¿qué le pongo?
YO: Quiero dos panes de cuarto integrales, dos napolitanas de jamón y queso, dos mini roulet de chocolate, dos tartitas de manzana y una torta salada, por favor.
DEPENDIENTA: ¿Por qué dos de casi todo y una torta salada sola. Mejor te pongo dos de cada cosa…
YO: No, quiero dos panes de cuarto integrales, dos napolitanas de jamón y queso, dos mini roulet de chocolate, dos tartitas de manzana y una torta salada.
DEPENDIENTA: Me parece que tu pedido es inestable. Si pides dos panes de cuarto integrales, dos napolitanas de jamón y queso, dos mini roulet de chocolate, dos tartitas de manzana, no sé por qué narices no pides dos tortas saladas.
YO: Porque no quiero. ¿Vas a decirme tú lo que tengo que pedir?. Te lo repito: ponme dos panes de cuarto integrales, dos napolitanas de jamón y queso, dos mini roulet de chocolate, dos tartitas de manzana y una torta salada. ¡Una sola!
DEPENDIENTA: Aunque mi mamá siempre me ha dicho que no discuta con las personas mayores, me niego a ponerte una tarta salada. Además hoy es el día de dos por uno en tartas saladas. Compras una y te llevas dos.
YO: En una cosa tienes razón, soy viejo. Soy casi un abuelito, y podría ser tu tatatatarabuelo, pero quiero dos panes de cuarto integrales, dos napolitanas de jamón y queso, dos mini roulet de chocolate, dos tartitas de manzana y una torta salada. ¡Cojones! ¡Puta mierda ya! Serás joven pero estás agilipollada, nena.
DEPENDIENTA: No hace falta que me insulte. Ahora se lo pongo. ¡Anda! Si acabo de darme cuenta de que no quedan tartas saladas.
Durante el invierno de 1980, en un lugar que no viene a cuento para que la narración siga fluyendo, me sucedió algo terrible. Era un día 14 de enero, es decir el día de mi 18 aniversario. Y mientras trataba de robar una pera de un manzano, una imagen semejante a una pérdida de orina celestial y majestuosa se apareció a mi derecha. Durante los 14 microsegundos que duraba la acción de girar el cuello hacia su presencia, otra imagen, esta con forma de catéter doble J se manifestó a mi izquierda, con lo que tuve que decidir a qué lado miraba primero. Mientras tomaba esa decisión tan importante vi pasar toda mi vida, bueno, mis dieciocho años de vida en un instante. Entonces, supe que todo era una mentira. La derecha, la izquierda, el centro, los lados, los márgenes, los flancos, los bordes, el horizonte, las superficies, el plano, la zona, la superficie, las líneas, los trayectos, las orientaciones, las ringleras. Todo existía porque yo quería que existiese. Me había dejado adiestrar por el programa. Por los proyectos. Sin embargo todavía existía el espacio. Y el tiempo. ¿Iba a dejar que toda la basura recopilada por humanos para hacer pequeños a otros humanos dominara mi vida? ¡No! Por esa razón, escuché todo lo que tenía que decirme el cielo, las nubes, el sol, la luna (ah, la luna), las flores, los tallos, las rocas, los bichos (ah, los bichos), la tierra, el fango, el agua -tanto la corriente como la estancada- los sueños (ah, los sueños), la luz, los colores…
VECINO: ¿Pero no ibas al hospital? ¿Ya te han quitado el hígado? Caramba qué pronto te han dado el alta.
YO: Hola otra vez, Roberto. No tengo ganas de hablar con nadie. Me voy a acostar, dejar de respirar…
VECINO: Si no respiras acabarás por morir.
YO: Eso es lo que quiero.
VECINO: ¿Quieres espicharla?
YO: Quiero desaparecer.
VECINO: Has perdido mucho en los últimos meses. Cada vez estás más viejo. Y se te va la pinza. Deberías buscarte otra novia, comprarte un perro de raza, y si tienes dinero, ir de putas tres veces a la semana. Por lo menos.
