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| Paul Gauguin. The dreaming (1982) |
Estaba a punto de quitarme la ropa cuando sonó el teléfono. Una voz masculina ronca pero con un acento agradable me preguntó si me gustaría cambiar de compañía, a lo que respondí que primero tendría que tener compañía. El tipo de la voz ronca no se rió de mi chiste, pero se disculpó y me contestó que quizá lo había entendido mal o no se había expresado con claridad, que se refería a compañía telefónica y me prometía que con las ofertas que estaba en condiciones de compartir conmigo, mi vida, la de mis familiares y la de mis mascotas darían un cambio de 350 grados. Cuando le pregunté por qué no de 360, se disculpó por segunda vez y me contestó que quizá lo había entendido mal o no se había expresado con claridad, que realmente quería decir que el cambio en mi vida, en la vida de mis familiares y en la de mis mascotas sería de 360 grados. Llegados a este punto se me ocurrió decirle que los únicos bichos que vivían conmigo en casa eran unas cuantas moscas y mosquitos comunes, a lo que me respondió que sentía que no tuviese ni un perro o un gato. Estaba claro que ese operador era un tipo muy sensible, pues en menos de 5 minutos de conversación había demostrado su sensibilidad tres veces. Cuando le pregunté si se llamaba Pedro, como el apóstol que se supone negó tres veces conocer a un tal Jesús, volvió a hacer caso omiso de mi humor de barra de club de alterne, aunque me respondió que su nombre era Huan Yue Cheng y que hablaba tan bien el castellano porque su madre se había casado con un español cuando él tenía «jatro» años. Supongo que se refería a cuatro años, pero yo estaba en plan gamberro y le pregunté si también sentía haber dicho «jatro» en lugar de cuatro. Como era de esperar, Huan Yue Cheng volvió a disculparse y me contestó que quizá lo había entendido mal o no se había expresado con claridad, que obviamente se refería al número cuatro.
La conversación, que duró otros ocho o nueve minutos más, transcurrió entre mi deseo de enviarlo a él y a sus jodidas disculpas -completamente ridículas y exentas de transgresión o compromiso- y unas terribles ganas de orinar que arrastraba desde hacía varias horas. Al final, para no alargar eternamente una conclusión que debía haberse producido mucho antes, le pregunté cuánto le medía el pene, esperando que de esa manera me tomara por un maníaco genital y me colgara el teléfono pero, sin embargo, me contestó que según su última medición efectuada dos meses atrás, su dimensión real era de 32 centímetros y que había rechazado varias ofertas para dedicarse al cine para adultos. Estaba claro que Huan Yue Cheng había dejado las disculpas para otro nuevo cliente y ahora tenía respuestas para todo, así que colgué el auricular con fuerza y me dirigí a saltitos al aseo, pero no pude llegar porque el teléfono volvió a sonar. Cambié de dirección de un brinco extraordinariamente felino, y me dirigí también a saltitos a descolgarlo. Era Huan Yue Cheng. Y se disculpaba por el corte en la comunicación y por la medición falsa que me había dado antes. No eran 32, sino 28 centímetros. Volvió a disculparse y me contó que tenía un problema bastante serio con el número 32 y siempre que podía intentaba pronunciar esa cifra, pero como yo era una buena persona repleta de sentimientos nobles y altruistas, había sentido la necesidad imperiosa de ser sincero conmigo. Luego me explicó que su conflicto con el número 32 era el resultado de no tener dinero suficiente para comprarse un ordenador con procesador de 64 bits y tener que ser la comidilla de sus amigos por ser el único que todavía trabajaba con procesadores de 32 bits. Entonces le repliqué lo que deduje cómo la respuesta más perfecta de la historia, y también la más anfibológica, es decir, le insté a aceptar alguna de las ofertas que había rechazado para convertirse en actor porno, pero él se disculpó y me contestó que quizá lo había entendido mal o no se había expresado con claridad, pero que nunca dijo que había rechazado ofertas, sino que las estaba estudiando detenidamente. Al final no me quedó más remedio que escupirle hipócritamente que, aunque su conversación y la forma en que construía las frases estaban más cerca de Cervantes que de Luo Guanzhong, lamentablemente yo era un tipo muy ocupado y debía redondear el día con algo que necesitaba hacer con suma urgencia. Entonces él me susurró algo parecido a una despedida incómoda y colgué el teléfono triunfalmente.
Volví a dirigirme al aseo a saltitos, pero de repente, sin previo aviso, desperté mojado.
