Email del 25 d diciembre 2017

Rene Magritte. The menaced assassin (1927)

Ahora estoy más tranquilo. Me acabo de comer a mi vecino. Bueno, entero no, pues llevo varios días nervioso y eso me ha restado apetito, pero me he podido zampar su mano derecha y parte de la garreta. La mano me la he preparado tostada en el grill y la garreta guisada. Mañana cocinaré sus turmas y un par de costillas y el resto lo congelaré. Espero que cuando alguien lea esta especie de confesión intente ser benevolente conmigo. Soy una víctima del hijo de perra de nuestro presidente del gobierno y el hambre y el vicio me han empujado al asesinato y posterior canibalismo. Al principio pensé en matar a Federica, la hija de la víctima, pues colegí que estaría menos correosa, pero cuando me enteré que padecía de aerofagia anorectal cambié de opinión. Y el cambio fue excelente. Su padre, pese a la edad, esta tierno como la ternera de leche y sus finas líneas de grasa intramuscular, aparte de darle un aspecto sabroso y muy parecido a la del cebón, tienden a deshacerse en la boca provocándome espasmos de placer como no experimentaba desde que era un pequeñajo maleducado y marrano y succionaba directamente de las ubres de Gandulaza, la cabra anglonubia de mis abuelos maternos.

La existencia, tal y como nos ha tocado vivirla (o padecerla), no es más que una jodida carrera de obtáculos con forma y aroma de letrina. Pero no de letrina de aseo de establecimiento de gran superficie tipo El Corte Inglés, sino de váter de club de alterne de carretera secundaria. Nacemos para morir, pero mientras esperamos a la mamona de la parca nos toca sufrir, sufrir y sufrir, o ver sufrir, sufrir y sufrir a otros, o hacer sufrir, sufrir y sufrir al resto, o hacerse sufrir, sufrir y sufrir a uno mismo tomando el ejemplo de cualquier gurú, mentor o maestro de pacotilla, mientras unos cuantos, a veces creo que una mayoría, nos joroban, joroban y joroban hasta el infinito y más allá.

Hace algunos años la gente me llamaba «el Calimochero», pero ahora se dirigen a mí como «Don Simón, el mamón». Desde La mezcla con Coca-cola hasta el rechazo total al mejunje norteamericano en pro del brik, han pasado muchas lunas. Algunas han sido rojas, con destellos tornasolados y otras de colores claramente determinados, pero en todas he deseado colgarme de una viga con las bolas chinas con mando a distancia que robé por error en un sex-shop cuando lo confundí con Mercadona. Desearía que esta ceguera vincular que me aprisiona y me hace creer que vivo en un mezclador de regurgitaciones cesara de la misma manera que cesan mis depilaciones. Ya no me siento seguro deslizando la depiladora Braun sobre mi piel. ¡Joder! He sido tan putero. ¡Tan fulero! Pero también fui fallero. Todavía recuerdo los desfiles de espolines de falleras mayores. Todavía recuerdo los «torrentí» y los «saragüell». Todavía recuerdo esa época en la que tenía prohibido pensar antes de actuar. Solo obedecía a la ciencia infusa que permite el escape como forma alternativa de vida. ¡Y funcionaba. ¡Vaya si funcionaba! Pero un maldito día leí un folleto y unos meses después un libro. No era un gran texto, pero me abrió los ojos, y tan rápidamente como se succiona un huevo duro de codorniz con la boca, pasé a formar parte de la denominada «gente rarita de cojones», es decir, de esa miasma de inconformistas que nunca dialogará sobre motos, gimnasios o pechos turgentes con pezones sonrosados y en punta. ¡Y la cagué! Desde entonces mi corazón es una piedra cubierta de musgo y liquen a partes iguales, mis calcetines, un colador de diseño francés o italiano y mis mocos, bellamente cristalizados con metanfetamina, impregnan con clase mi barba descuidada y blanca. ¡No! No soy Papá Noel, pero tampoco soy ninguno de sus putos renos. La verdad es que no quiero saber qué soy. Está claro que no soy un humano, sino una cosa. Quizá una cosita, que empieza por la letrita…

Mientras escribo estas líneas, tan mal redactadas como extraordinariamente acusadoras, estoy pensando en «ejos», que es como yo llamo a los cangrejos. Siempre que me pongo nervioso pienso en «ejos». Pero no en cualquier clase de cangrejos, solo en los de la familia Paguroidea, es decir, en los cangrejos ermitaños. Esos cabronazos pequeñajos que arrastran su guarida hasta que se les queda pequeña y entonces buscan otra. Yo ya no quiero buscar otra. La que tengo ahora huele a lejía perfumada Neutrex porque soy un tipo curioso y no me gusta tener las paredes y el suelo llenos de sangre y vísceras. Nunca me he sentido un extraño en ella, aunque realmente lo soy. Acabé con sus propietarios, me los comí estofados con cebolleta, patatas y mucho ajo y ahora uso algunas de sus pertenencias. Pero de eso hace varios años. ¡El tiempo viaja tan rápido!

Dentro de un mes, cuando se haya terminado la carne del padre de Federica, me entregaré en la casa-cuartel de los picoletos. Antes de hacerlo me beberé un par de litros de cerveza de bote de la marca blanca de Carrefour y cuando esté preparado anímicamente relataré al sargento de guardia mi historia. Lo que pueda sucederme después me la refanfinfla. Lo que tengo claro es que jamás tendré que volver a destripar a nadie. No es que me moleste asesinar y abrir en canal a alguien, lo que me saca de quicio es no poder limpiar y desinfectar en lugares de difícil acceso donde la sangre suele enquistarse como juntas o rodapiés. ¡Está claro! ¡Me he convertido en una jodida maruja!