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| Gustave Doré. The wise men guided by the star (XIX cent.) |
Querida:
El seis de enero de 1968 me llevé un gran desencanto. Analizado 45 años después, creo que podría situarlo sin problemas entre los 11.500 chascos más importantes de mi ajada existencia. Recuerdo que sería más o menos la una de la madrugada cuando me acosté preguntándome cuántos de los 74 regalos que había exigido como compensación por no haber quemado la ciudad y a sus habitantes me traerían los Reyes Magos. Poniéndome en la peor de las situaciones, igual conseguía 20, entre ellos el fabuloso Madelman y tres de sus conjuntos, algo que no estaría nada, nada mal. Todavía puedo recordar la cara que se me quedó cuando encima de la mesa de café, al lado del cubo de agua que había dejado para que bebieran sus camellos (o dromedarios) solo encontré un kiwi. Un puto y triste kiwi. ¡Si por lo menos hubiera sido un ave kiwi! Pero no, era un kiwi fruta. Lo primero que pensé fue «¿cómo se han enterado sus majestades de mi estreñimiento?», pero enseguida comprendí que se trataba de una clara afrenta de unos jodidos monarcas que ni siquiera conocían parte de mis numerosas virtudes y que debía hacer algo rápidamente. Y lo que hice fue darle una patada de Kung-fu al cubo con agua y bautizar toda la estancia con el líquido elemento. Después empecé a arrancar el papel pintado que adornaba las paredes y a comerme algunos pedazos. Cuando me sentí asquerosamente henchido me dio por sacarme el pito y orinar encima de los sofás biplaza y chaise longue. Luego, para terminar con mi obra maestra de destrucción y venganza, deposité un precioso popó bastante compacto y con un color adecuado para la ocasión en el margen de la puerta del balcón y arrojé varias macetas a la calle. -«Ahora os metéis el kiwi por donde os quepa, cabrones», pensé mientras me limpiaba los mocos con una cortina de terciopelo y lino. De repente, una figura grande y muy cabreada apareció frente a mí. Era algo similar a un procreador profesional, pero con cuernos al estilo Bos mutus, tridente y cierto tufillo a azufre.
-¿Pero qué coño ha pasado aquí? ¿Te has vuelto loco, pedazo de mamón? -gritó esa silueta mientas se llevaba las manos a la cabeza.
Mi primera intención fue seguir con mi furia disociativa y pegarle una buena coz en las espinillas, pero de repente observé asombrado que su cara me recordaba a alguien que conocía bien y que no era famoso por su bondad y benevolencia. Cuando reparé en que esa cosa no era un demonio del infierno sino un padre eviterno, le grité con toda naturalidad que no se metiera en mis asuntos y que solo estaba vindicando un alevoso zaherimiento. Supongo que utilizaría un lenguaje más acorde con la edad, pero eso no importa ahora. Mientras huía de esa figura malhumorada y centelleante, repleta de odio, excitación y locura por el resto de la casa, me tropecé con algo que parecía el Muro de las Lamentaciones, por lo menos era igual de alto. Pero para ser el Muro de las Lamentaciones era un poco friqui, pues estaba adornado por varios miles de colores bastante refulgentes. Cuando advertí que ese paredón no estaba fabricado con piedra, sino con cartón y papel, y que lo conformaban varias cajas de tamaños diferentes con aspecto de obsequios y ofrendas, comprendí al instante. ¡Me había equivocado de habitación! Los regalos de los jodidos Magos occidentalizados estaban aquí. Mi primer impulso fue coger dos o tres de esos paquetes y largarme corriendo a otra ciudad, otro país, pues conocía bien el genio de mi progenitor, pero enseguida pensé que si tenia un padre, debía tener una madre. Y las madres suelen ser muy benevolentes con los aposentos destrozados y repletos de roturas, orín y heces.
Como sé que conoces bien a las progenitoras, ya que tú tuvíste dos, te podrás hacer una idea de lo que sucedió a continuación. ¡Es una completa pérdida de tiempo que te lo explique! Además hoy no estoy para melindreces. El tipo al que chantajeaba desde hace nueve años ha descubierto mi verdadera personalidad y es cuestión de horas que se presente en mi domicilio para felicitarme el año nuevo. Por esa razón quiero abrirte mi corazón y decirte que siempre te he amado. Bueno a ti no, a tus pechos, y siempre tampoco, solo desde que te los operaste. Ya ves que mi amor no se basa en tu cuenta bancaria y en la cantidad de ceros que pueda tener. Ahora voy a hacer algo que no debería hacer. Y te aseguro que no es zamparme un kilo de churros.
Greg
