Email del 20 de abril 2018

Philip Guston. Daydreams (1970)

Hola:
El acontecimiento más importante que me ha sucedido desde que comenzó este año ha sido la rotura de la aceitera. No estoy de broma. Era una aceitera de cristal trasparente con un diseño muy práctico, que hacía que mi ejercicio habitual de embadurnar de aceite las tostadas o la ensalada fuera algo más que otra simple rutina en la alimentación diaria obligatoria. Desde que ese accidente impuso un poco de innovación en mi vida ya no embadurno las tostadas o la ensalada con aceite, sino con recuerdos. Recuerdos de lo que podría ser y de lo que indudablemente es. Hoy. Aquí. Ahora. Me duelen las articulaciones y el Voltaren está caducado. Necesito unos pocos miligramos de diclofenaco o volveré a ver las estrellas explosionando. Hoy. Aquí. Ahora. Mi vecina, la que una vez me dijo que tenía un cuello maravilloso que invitaba a mordisquearlo con lujuria, intenta evitar por todos los medios coincidir conmigo en la escalera. Quizá fue porque un día que iba borracho le dije que me gustaba mucho su pene. Hoy. Aquí. Ahora. Incluso mi perro, Otto, prefiere no cruzarse en mi camino. Creo que barrunta tempestades emocionales y sabe que eso, de una manera u otra, repercutirá sobre él y sus caninas circunstancias. Hoy. Aquí. Ahora. Estoy a punto de estar a punto para estar a punto. Y aunque nunca he estado demasiado a punto, sé que el mero hecho de estar a punto puede ser el inicio de un cambio terrible. Pero si de repente se me dibuja un rictus analítico sobre mi rostro opaco y grisáceo, será que puedo llegar a comprender que ese cambio, en realidad, ya se ha producido, pues no tengo perro, mi vecina tiene 94 años y tengo fobia a los miembros ajenos. ¿Crees que debería ponerme en manos de un psicólogo o de una prostituta? El psicólogo suele producir mejores resultados pero la prostituta practica el beso negro. Claro que podría buscar una psicóloga que practicara el beso negro y mataría dos pájaros de un mismo tiro, si es que me permites tan vulgar expresión y tal grado de machismo. O podría echarle huevos a mi vida y reescribir el maldito guión. Partir desde el mismo argumento y llegar a un desenlace un poco más arriesgado. No me importa que la chica al final no se escape conmigo hacia la línea del horizonte o más allá. O que el malo sea interiormente más sensato e interesante que el protagonista. Lo único que quiero es… ¿Qué es lo que quiero? Tendría que pensarlo. Y después procesarlo. 
Hace 56 años un lamento se escapó por una ventana. Mientras intentaba llegar a alguna parte se tropezó contra un muro de ladrillos gastados y el trompazo fue de campeonato. Cuando el lamento volvió en sí, se deslizó con sigilo por una cañería oxidada y llegó hasta un saliente que no sobresalía demasiado. Desde allí oteó el horizonte y lo que vio le dejó helado. A unos pocos metros de distancia se alzaba la misma ventana de la que quiso escapar solo unos momentos antes. Encolerizado, se revolvió y pegó un salto excepcional que lo devolvió directamente a la garganta de donde había salido. Esa garganta era la de un niñito que acababa de nacer. Supongo que pensarás que ese bebé era yo, pero te equivocas, aunque por una de esas casualidades de la vida sus padres le pusieron de nombre Gregorio, como a mí. Cuando Gregorio creció se hizo bastante famoso, pues fue el primer hombre que intentó comprender de qué va todo este rollo. ¡Y nunca lo consiguió! Por supuesto, con «todo este rollo» se refería a la jodida existencia. Nacemos, vivimos y morimos. Y entre medias de esa magnífica trinidad del absurdo, debemos convencernos a nosotros mismos de que todo lo que nos rodea es maravilloso y de que vivimos en el mejor mundo posible. 
Mientras te escribo estas líneas estoy oteando por la ventana. Desde esta posición puedo ver bastantes ventanas. Es posible que de alguna de esas ventanas escape en cualquier instante otro lamento. Y hasta es posible que ese otro lamento tenga más suerte que el lamento protagonista del segundo párrafo. ¡Me gustaría tanto que alguien me regalara otra aceitera! Pero no me hago ilusiones. La gente solo me regala calzoncillos. Hace años tuve el desatino de escribir que los calzoncillos eran muy caros y que había llegado a un punto en que debía elegir entre comer o llevar ropa interior. Desde entonces, todos me regalan gayumbos y boxers. Creo que podría montar una calzoncillería-boxería. Pero me estoy distanciando del tema principal de esta disertación que no es otro que mi absoluto desarraigo afectivo de todo lo que camine con dos piernas (o con dos brazos si hace el pino). Hoy. Aquí. Ahora. El viento me acaricia suavemente la calva, pero trae consigo un olorcillo a desagüe arrabalero que va a acabar por hacerme vomitar. Hoy. Aquí. Ahora. Los niños juegan en la calle y los ruidos que hacen me molestan. Intento concentrarme para que se materialice ante mí Herodes, pero solo consigo que una de mis orejas se desintegre. Hoy. Aquí. Ahora. El tiempo y el espacio se pelean por entrar al aseo y en mitad del rifirrafe uno acuchilla al otro en repetidas ocasiones. Hoy. Aquí. Ahora.