Email del 10 de mayo 2018

Utagawa Kunisada. Ichikawa Danjuro VII in his dressing room (1827)

Amiga mía:

De las siete personas que visitan mi blog regularmente, seis piensan que debería ponerme en manos de un psiquiatra y una que necesito urgentemente la ayuda de un buen peluquero. Por esa razón acabo de cambiar de odontólogo y he suspendido de empleo y sueldo por 12 meses a mi proxeneta habitual. Mi dentista antiguo coleccionaba chalets que le financiaba yo por medio de las continuas ortodoncias; y mi chulo, un día y sin previo aviso, dejó de insultarme y se dedicó a componer canciones espirituales sin estribillos. Pero no quiero contarte lo magnífica que es mi existencia o demostrarte lo magnífica que es mi existencia, ni siquiera convencerte de lo magnífica que es mi existencia. Lo que realmente quiero es que se termine de una jodida vez mi magnífica existencia. Y tú has sido la elegida para que eso suceda. Solo tienes que asesinarme. ¿Serías capaz de taladrarme ambos ojos con el palito de un Chupachups? Sé que me quieres y que harías cualquier cosa por mí. Después de taladrarme los ojos con el palito del Chupachups podrías comerte el Chupachups o regalárselo a un niño. Si te preguntas por qué he elegido una forma de muerte tan dolorosa e inhumana tienes la respuesta garabateada en un papel dentro del bolsillo de uno de los pantalones Levís 511 que cuelgan en mi vestidor. De paso podrías plancharme la camisa de lino que está tirada encima de las perchas. Quiero que me entierren con esa camisa. Me la regaló Dios el día que se apareció ante mí. Yo quería que me ofreciese las Tablas de la Ley, pero él prefirió renovarme poco a poco la guardarropía. Ah, necesito que le digas al tanatopractor o a la tanatopractora que cuando me tinte las cejas no use el color negro, ya que entonces parezco una vieja dama de la aristocracia latifundista. Y también que compres un calzoncillo sin sisas. No quiero largarme al otro mundo con molestias en las ingles. Y bueno, creo que no me dejo nada. ¡Ah, sí! Quiero que arrojes mis cenizas desde la cima del pico Uhuru en el monte Kibo, en pleno Kilimanjaro. Y que mi última ex lea mi panegírico. Lo escribí ayer y me siento muy orgulloso de su valor literario. Lo tienes en el bolsillo del camisón que cuelga al lado de mis pantalones Levis 511 que a su vez cuelgan en mi vestidor. ¡Todo cuelga en mi vestidor! Excepto mi vestidor, que siempre permanece impasible y absolutamente verticalizado, quizá esperando una manita de pintura acrílica que nunca llegará.

Para terminar con este postrero email y, sobre todo, para acabar con todo y con todos, quiero explicarte dónde se encuentra la puta mierda. Te he dibujado un mapa. Lo encontrarás en el bolsillo de mi chupa de polímero sintético preferida que se encuentra -¿lo adivinas?- colgada en el compartimento secreto de mi vestidor. Cuando lo encuentres quiero que memorices el recorrido y lo comuniques a cualquier persona, animal o cosa que haya tenido que ver conmigo en los últimos 56 años.

Te querrá (si cumples sus designios):

Greg