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| Kurt Schwitters. Something or other (1922) |
«María Aurelia tenía 97 años, dos hernias discales y tres gatitos (Rodolfo, Randolfo y Adolfo). Era presidenta del club DTU (damas con tacatá unidas) y bebía a morro de las botellas de Coca-Cola de 1 litro. Pero cuando miraba la foto en blanco y negro de Manuel Fraga en Palomares se transformaba en una especie de anciana ninfómana.»
(Irukandji – Gregorio López Pérez)
Ayer estuve buscando por la red fotos insulsas y sin mensaje subyacente para poner en mi perfil de WhatsApp. El problema es que casi todas las imágenes que encontré -y me gustaron- llevaban consigo subtramas implícitas que podrían hacer que el cerebro de mis amigos agregados estallase en varios pedazos. Por esa razón, al final decidí subir la foto de una pera ercolina. ¿Por qué subí la imagen de una pieza de fruta en lugar de una foto mía? Trataré de explicártelo: aunque sé que soy el hombre más atractivo del planeta, en las fotos suelo salir con la cara amorfa, asimétrica y disforme. Además, mis cejas ajadas, descuidadas y hasta cierto punto con la apariencia de un estropajo Ajax de acero inoxidable, trasmiten una sensación francamente asquerosa y repugnante.
No sé. El mundo es tan grande. Y yo, pese a medir 181 cm, soy tan pequeñajo. ¡Existen tan pocas cosas disfrutables! Quizá las excepciones serían follar, leer y comer huevos fritos. Una vez intenté llevar a cabo las tres acciones a la vez, pero el resultado dejó de ser satisfactorio desde el instante en que parte del aceite del huevo decidió establecerse sobre el coxis de mi compañera de experimentos. Dicen algunos extremeños que el grito que pegó pudo escucharse claramente en Badajoz, aunque creo que no es más que una tonta exageración. ¿Por qué no puedo gritar? Sin palabras. Sin comentarios. Sin aliento. Necesito mi medicación para la hipotensión ortostática o sufriré una pericarditis constrictiva. Y no te digo esto último para que te haga gracia, pues la acepción de «gracia» es el perdón, la benevolencia o incluso el agradecimiento. Yo no puedo agradecer nada a nadie, pero tampoco quiero que nadie me agradezca nada.
Lo único que puedo hacer para no morir de aburricolía, es decir, de aburrimiento y melancolía, es escribir. Y escribo como un poseso. A veces me detengo durante unos instantes y me rasco el culo o bostezo, pero en seguida vuelvo a la hoja de Word y trato de rellenarla con cualquier cosa que escupa mi cerebro. Y cuando mi cerebro no puede escupir, lo ataco sin compasión. Sí, soy un maldito desgraciado, pero tengo motivos. Y parte de esos motivos son los protagonistas de un cuento largo que estoy escribiendo bajo el título Irukandji.
Greg
