Email del 11 de noviembre 2018

Andy Warhol. Gun (1981)

La noradrenalina transformó mi rostro en algo parecido a un retrete atascado. Mientras meditaba sobre los sucesos recientes llegué a la conclusión de que todo estaba demasiado enredado, quizá tanto o más que una carretera de montaña, por esa razón me quité el pasamontañas con un movimiento demasiado poco humano y corrí hasta que pude cobijarme en la oscuridad de la noche que lo impregnaba todo. Cuando llegó el primer poli yo ya estaba bastante lejos, aunque por alguna extraña razón era capaz de imaginar cómo se desarrollaría la escena.

POLICÍA: ¡Cuénteme lo que vio! Intente recordar todo desde el principio.
TESTIGO: Estaba sentado en mi casa, que es esa de ahí… como le decía, estaba sentado, mirando a las mariposas nocturnas a través de la ventana cuando vi llegar un coche blanco del cual se bajaron dos pistoleros enmascarados. Creo que eran dos, aunque no estoy seguro. Uno de ellos entró en casa de Martinín, que es como llamamos por aquí a Martín, Vicente Martín, y empezó a pegar tiros, tiros y tiros. Cuando ese tipo salió intentó subirse al coche pero por alguna razón que desconozco se cayó al suelo y el vehículo salió pitando sin él.
POLICÍA: Continúe por favor.
TESTIGO: Pues el tipo se puso a gritar al coche mientras este se alejaba y después se marchó corriendo por la carretera. No pude ver más porque como puede apreciar, la noche es oscura de cojones.
POLICÍA: ¿Y entonces qué hizo usted?
TESTIGO: Corrí hacia la casa de Martinín y lo que vi me dejó mudo.
POLICÍA: ¿Qué vio?
TESTIGO: Carnicería y devastación.

Pero quizá no sucedió así. Es posible que nadie viera nada o que aunque vieran algo decidieran permanecer callados por miedo o incluso inventarse una especie de película para complicar las cosas. No sé. Todo es posible cuando uno o más humanos están implicados. Sobre todo si están aterrados.

POLICÍA: ¡Cuénteme lo que vio! Intente recordar todo desde el principio.
TESTIGO: Estaba comiendo berenjenas asadas en el porche de mi casa, esa de la fachada roja, ¿la ve?, cuando vi correr una cabra blanca y detrás de ella un tipo de aspecto desaseado. Agitanado diría yo. Pues bien, la cabra se internó en el bosque y el tipo también. Como soy una persona curiosa por naturaleza, decidí seguir a la cabra y al tipo y me interné detrás de ellos. No llevaría ni cinco minutos internado, quiero decir, tratando de seguirles el paso, cuando escuché una serie de ruidos parecidos a petardos.
POLICÍA: ¿Y?
TESTIGO: Salí de la espesura, me caí dos veces y cuando llegué a la calle vi que la puerta de la casa de Martinín estaba abierta de par en par. Me acerqué y lo que contemplé desde la entrada hizo que vomitara hasta la primera paella de conejo y pollo que comí en mi puta vida.
POLICÍA: ¿Qué es lo que vio?
TESTIGO: Vi a Martinín tirado en el suelo y un montón de sangre por todas partes. Me entraron ganas de desmayarme, pero entré en mi casa como pude y les llamé a ustedes.

Esa declaración no me perjudicaría, aunque todavía contendría datos que podrían poner a los maderos tras mi pista. Y si eso sucediese no me quedaría más remedio que matar al testigo, a su familia, a sus vecinos, a las familias de sus vecinos, a las mascotas de todos ellos y a dos de cada tres habitantes del pueblo. Desde luego esa matanza haría que me cansase demasiado, pero en aquellos instantes no me importó, pues cuando estoy acorralado soy capaz de todo. Además tenía veinticinco botes de ginseng rojo coreano escondidos en un zulo. Y pensar en eso me daba fuerzas.

POLICÍA: ¡Cuénteme lo que vio! Intente recordar todo desde el principio.
TESTIGO: Estaba bailando debajo de la luna cuando…
POLICÍA: ¡Pero si hoy no hay luna!
TESTIGO: Bueno eso es verdad, pero hace un rato no lo sabía.
POLICÍA: Continúe…
TESTIGO: Bailaba y bailaba y volvía a bailar. En un momento dado me apeteció dejar de bailar y así lo hice.
POLICÍA: Sea más concreto…
TESTIGO: Llevaría, no sé, unos quince minutos sin bailar cuando me entraron ganas de bailar otra vez. Me puse a bailar de nuevo hasta que una rampa en el gemelo de la pierna derecha me obligó a tumbarme en el sofá. Me recosté y me quedé dormido. Y soñé que alguien mataba a alguien en algún lugar. Cuando me desperté…
POLICÍA: ¿Sí?
TESTIGO: Bostecé. Un gran bostezo, ¿sabe? Y después de bostezar noté que ya no me dolía el gemelo, así que decidí ponerme a bailar nuevamente. Y bailé hasta que llegó usted y me preguntó cómo se llamaba el fiambre. El resto ya lo conoce.
POLICÍA: ¿Entonces no fue usted quien nos llamó?
TESTIGO: No, no, no. Yo no llamo nunca por teléfono. Es demasiado caro. No, desde luego que no. Además soy telefonofóbico.

Todavía sigo escondido y ya han pasado cinco años. En todo este tiempo solo he salido de mi escondite en unas pocas ocasiones. Mi hermano y su mujer me traen la comida -que pago a precio de ambrosía- y me cuentan cómo funciona el mundo. Supongo que mi foto debe permanecer colgada en todas las comisarías del país. Nunca me gustó esa imagen. Malditos maderos, podían haber impreso otra. Me pregunto…, sí, me pregunto qué es lo que estará sucediendo con mi caso, quiero decir…  sé que al final se lo encargaron al comisario Bermejo, un tipo chapado a la antigua con pretensiones de estrella de Hollywood.

COMISARIO BERMEJO: A ver, Rodríguez. Tráeme el expediente del asesinato de Vicente Martín, alias Martinín.
RODRÍGUEZ: A sus órdenes, comisario.
COMISARIO BERMEJO: Y de paso tráeme también un cortado descafeinado de máquina con la leche natural y sacarina.
RODRÍGUEZ: A sus órdenes, comisario.
COMISARIO BERMEJO: Y llama a mi mujer y dile que no iré a comer.
RODRÍGUEZ: Pero señor comisario, su mujer murió hace catorce años.
COMISARIO BERMEJO: Pues que en paz descanse. ¿Vas a traerme ese puto expediente y el cortado o tengo que pedírtelo en siamés?

Ojalá las cosas sucediesen de esa manera, pero temo que las fuerzas del orden estén tras mi pista. No me fío de la gorda esposa de mi hermano. Es capaz de cualquier cosa por salir en las noticias. ¡Mi hermano! Mi pobre e idiota hermano! ¡Nunca tuvo que enamorarse de una fulana de quince euros por mamada! Quince todos los días excepto los martes que solo cobraba diez y los black fridays de cada año en los que en lugar de cobrar, pagaba por lamer, succionar y tragar.

HERMANO: ¡Te he dicho que no! No pienso delatarlo. Es sangre de mi sangre.
ESPOSA GORDA: Pero pocholín, cariño de mi vida y de mi corazón. Piensa lo que haríamos con todo ese dinero de la reponquensa
HERMANO: ¿Reponqué?
ESPOSA GORDA: ¡Son casi treinta de los grandes! Podríamos ir a pasar una temporada con mi primo Cosme.
HERMANO: Tu primo vive a ocho kilómetros de aquí. Ya sé lo que te pasa. Te gusta tu primo Cosme. ¿No es eso? ¡Eres una maldita furcia guarra!
ESPOSA GORDA: Tú sí que eres un guarro. ¡Desgraciado! ¡Todavía puedo escuchar tus palabras! ¡Cásate conmigo, barrilito mío y te haré la mujer más feliz y rica de la zona! ¡Cómo pude haber estado tan ciega!
HERMANO: ¡Cierra ese pico ya, portaaviones abotargado! No voy a vender a mi hermano. ¡Entérate ya! ¿Dijiste treinta de los grandes?

Creo que debería salir de este nido de ratas y largarme a Montpellier. Allí tengo un par de coleguitas que me esconderían hasta que el caso prescribiese. El problema es que no sé si la fuga es una solución.

COMISARIO BERMEJO: Este cortado sabía a semen de toro. ¿Dónde coño lo has comprado? ¿En las oficinas de una ganadería?
RODRÍGUEZ: No señor. En el bar de siempre. ¿Quiere que detenga al camarero?

Quizá debería tirar la toalla. Dicen que la muerte por ahorcamiento es relativamente rápida, aunque podría pegarme un tiro y darle salida otra vez al revólver.

HERMANO: ¿Y cómo lo hacemos? ¿Le enviamos una carta al inspector Bermejo?
ESPOSA GORDA: Queridito, ¿sabes para qué sirven los teléfonos?

¿Pero, y si fallo y en lugar de palmarla me quedo impedido? Quién me ayudaría entonces… Si ahora soy una carga, no quiero ni imaginarme lo que podría llegar a ser si las cosas se torciesen… tanto.

RODRÍGUEZ: Comisario Bermejo, una llamada para usted. Alguien sabe donde se esconde el asesino de Vicente Martín.
COMISARIO BERMEJO: ¡Santo dios! Pásame el aparato, idiota.

Lo he decidido. Voy a apuntar con el cañón a un ojo. El problema es que aún no he decidido a qué ojo. Si me descerrajo un tiro en el derecho, todos creerán que soy un facha cuando publiquen la noticia. Pero si me lo pego en el izquierdo me tomarán por un rojo de mierda. ¡Y yo siempre he sido un fan de Adolfo Suarez!