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| Nicolae Maniu. L’Interstice de la vie (2002) |
Amiga :
Mi casa está llena de paredes. Cada uno de esos tabiques contiene uno o varios intersticios. También en las puertas y en los muebles existen un número indeterminado de intersticios. Y hasta es posible que en el suelo y en el techo. Adoro los intersticios naturales, sin embargo no acepto los manufacturados. Muchas otros propietarios de hogares están convencidos de que poseen intersticios, aunque la mayor parte de ellos solo son jodidas grietas, hendiduras o fisuras. Un intersticio es similar a una rendija pero totalmente diferente a una ranura. ¡Mi padre odiaba a los intersticios! Mi madre los limpiaba y los escondía. Yo siempre estaba intentando convencer a mis hermanos de que cada uno de esos perfectos y maravillosamente acabados intersticios debían ser preservados a toda costa. Todo cambió el día en que me largué de casa y quise llevármelos conmigo. Pero mi madre no me lo permitió. Eran suyos y no podía imaginar su existencia sin pasarles un paño con amoniaco o vinagre blanco cada dos o tres días. Le amenacé. Le grité que si no me dejaba llevarme la mitad de los intersticios le contaría a mi padre que estos eran una realidad palpable, pues existían y estaban diseminados por casi todas los lugares del hogar que se suponía era su reino. Pero no sirvió de nada. Tuve que abandonar el nido sin ningún intersticio, solo con una pequeña abertura medio cerrada que pude esconderme entre uno de los dobladillos del pantalón vaquero.
Hoy en día poseo mis propios intersticios. Bueno, eso ya lo he comentado al comienzo del párrafo anterior. Ademas de intersticios atesoro alguna que otra resquebrajadura en usufructo y dos pequeños resquicios que son el amor de mi vida. Ambos están situados a un lado de una de las puertas: la que no da a ninguna parte, pues está atrancada y hace un montón de años que no he abierto. De todas formas lo que hay al otro lado es lo mismo, o por lo menos bastante parecido, a lo que hay en este lado. Soy de los que piensan que cada lado es diferente y que si dos o más lados se parecen es por una de esas jodidas coincidencias que todo lo aprisionan y que hacen que en ocasiones nos preguntemos cómo o de qué maldita forma terminará el juego. Porque todo es un juego. De eso no tengo ninguna duda. Y mientras trato de mover las piezas, soy consciente de que el resto de jugadores tienen la misma capacidad para mover sus alfiles en diagonal y sus reinas en línea recta, pero yo, yo hago trampas. ¿Cómo si no he sido capaz de llegar hasta donde estoy ahora? No es que esté en un lugar destacado, pero por lo menos sigo estando. La mayor parte de mis amigos quedaron desprotegidos y ahora ya no existen. Ni siquiera al otro extremo del espacio que delimita el tablero.
Uno de mis intersticios vive sobre mi cuerpo. Los médicos lo llaman fisura anal. Yo lo denomino intersticio rectal o relativo al recto. Me lo hice hace varios años intentando batir un récord entre otros gilipollas del mismo calibre que yo. ¡Me tragué dos kilos y medio de cacahuetes! Al ir al retrete a expulsar las heces, también expulsé un número ilimitado de interjecciones. Desde entonces ya no compito. Ni siquiera repito o me precipito. No es que me haya transformado en un tipo más sensato, sino que intento tener menos momentos imprudentes. Quizá eso me haga parecer un poco más prostituido, socialmente hablando, pero es algo que a mis 56 años me trae sin cuidado. Lo único que espero ya de esta sucesión desgarradora de experiencias con que algunos denominan a la existencia, es que finalice sin dolor. Y con muchas deudas. ¡Que se jodan mis parientes!
Gregorium Vivitatum.
