Email del 6 de marzo 2019

William Blake. The ghost of a flea (1820)

Los casos de El churrero castañero ambulante García Pérez: La marimorena de Somosaguas.

El churrero castañero ambulante y detective aficionado García Pérez se acercó a la mujer mientras se atusaba la larga y poblada ceja derecha y sin ninguna clase de presentación le disparó una pregunta francamente humeante.
-Señora, re-lá-te-me qué es lo que estaba haciendo cuando su-ce-dió todo, por favor.
-¿Quién es usted y por qué habla así?
-Señora, soy el el chu-rre-ro cas-ta-ñe-ro ambulante García Pérez. Y hablo como todo el mundo o in-clu-so mejor…
-¿No, usted arrastra las palabras. ¿Le gusta escucharse?
-No arrastro las pa-la-bras.
-Sí arrastra las palabras.
-No arrastro las pa-la-bras.
-Sí arrastra las palabras.
-No arrastro las pa-la-bras.
-Sí arrastra las palabras.
-¡No!
-¡Sí! ¡Y para qué quiero yo un chu-rre-ro en este día tan a-cia-go. ¡Dé-je-me en paz!
-Señora, ¿por qué arrastra las palabras?
-Yo no arrastro las palabras.
-Sí arrastra las palabras.
-Yo no arrastro las palabras.
-Sí arrastra las palabras.
-Yo no arrastro las palabras.
-Sí arrastra las palabras.
-Bueno, trataba de imitarle a usted.
-¿Imitarme a mí? Yo no a-rras-tro las palabras.
-Usted sí arrastra las palabras.
-Yo no a-rras-tro las palabras.
-Usted sí arrastra las palabras.
-Yo no a-rras-tro las palabras.
-Usted sí arrastra las palabras. ¡Bueno, dejémoslo o no acabaremos nunca. ¿Qué quiere de mí, señor churrero castañero García Pérez?
-Además de chu-rre-ro y cas-ta-ñe-ro soy detective a-fi-cio-na-do. Y hasta que se presente la fu-er-za- competente yo soy la má-xi-ma autoridad. Tengo unos documentos que así lo cer-ti-fi-can. Re-lá-te-me qué es lo que estaba haciendo cuando su-ce-dió todo, por favor.
-Estaba con los orgasmos fállidos…
-¿Cómo di-ce? ¿Acaso quiere to-mar-me el pelo, señora?
-No señor churrero castañero ambulante García Pérez. Una serie de orgasmos fállidos es la historia de una mujer que a partir del cambio de hora de verano del 2003 empieza a tener una sucesión de eyaculaciones retrógradas malogradas no necesariamente concatenadas. Eso le hace sentirse como una especie de isla efímera, lo que le lleva a caer en una distimia severa y terminar su Aquí y ahora suicidándose con una sobredosis de metilendioxipirovalerona.
-¿Es usted es-cri-to-ra, señora?
-Efectivamente, García. Quiero decir, señor García Pérez, churrero casta…
-Oh, dé-je-lo ya señora… ¿Señora?
-Me llaman la Marimorena de Somosaguas, pero usted puede llamarme Mari.
-¿Mari? Es un bo-ni-to nombre. Pero dí-ga-me, ¿quién es en realidad Ma-ri?
-Yo soy quien soy, de la misma manera que usted es quien es, sobre todo en su casa, cuando nadie le mira. Supongo que la mayor parte de la gente es lo que es cuando hay un tabique de por medio. Estoy convencida de que ni usted, señor García Pérez, ni esa mayor parte de gente se ha parado nunca a pensar en los sentimientos de las pobres paredes. Y eso es lo que me revienta del género humano. Una pared es como una madre. A las madres solemos besuquearlas y susurrarles lo muchísimo que las amamos, sin embargo a las paredes, exceptuando alguna que otra mano de pintura ocasional, jamás les demostramos nuestra gratitud (eterna pero interesada) por haber ocultado lo que sucede en los otros lados. Y lo que suele suceder en esos otros lados puede resultar sobrecogedor, pero también fascinante. No puedo ni siquiera imaginar lo que sería la existencia si todos los tabiques del mundo, tanto si son de ladrillo cocido de arcilla, refractario o simplemente de adobe, fueran trasparentes.
-Ejem. Tiene usted ra-zón, señora, pero no me ha contestado a por qué la encontraron cerca de un ca-dá-ver.
-Porque ese cadáver, cuando estaba vivo, era mi amante. Y era un magnífico amante…
-¿Lo mató us-ted?
-Era como un hijo para mí. Sí ya sé que suena obsceno decir que un amante era como un hijo.
-E-fec-ti-va-men-te…
-A veces mi hijo (sí ese hijo que no tengo, sobre todo porque odio a los hijos, ya sean adultos o retoños) me suplicaba que lo estrangulase. Como no existía, no podía quitarlo de en medio para siempre, con lo que terminaba pagando mi frustración e ira con mi marido, que tampoco ha existido nunca. En realidad en mi casa solo existo yo. ¡Conmigo es suficiente! No quiero ni pensar lo que sería vivir con otra yo o con otra como yo. Le juro por todas las víboras del género Vipera, que no hay un día en que no dé gracias a Dios, que por cierto tampoco existe, por no haber engendrado más de una Marimorena de Somosaguas.
-Se-ño-ra, sus contestaciones me causan tur-ba-ci-ón.
-¡Es tan extraño!
-¿Qué es tan ex-tra-ño, señora?
-Hace apenas unos miles de segundos me encontraba pensando en el aspecto misterioso del personaje protagonista de mi cuento Uróboros y pescadillas y ahora me encuentro frente a usted pensando en troqueles de rebordeado. Es increíble la extensión utópica que ese órgano tan complejo (que en ocasiones llega a pesar hasta un kilo y medio) puede recorrer en un determinado lapso de tiempo. Efectivamente, me refiero al cerebro.
-Señora no la com-pren-do, pero está usted de-te-ni-da. Pronto llegará el sargento Ci-rue-lo y se la llevará al cu-ar-te-li-llo. Pero antes de que eso su-ce-da, permítame decirle que es usted una mag-ní-fi-ca hembra y que en una ocasión di-fe-ren-te yo me habría ena…
-¿Sabe, señor churrero castañero ambulante y detective aficionado García Pérez?
-Dí-ga-me, señora…
-Cuando llegue el sargento Ciruelo, dígale de mi parte que acabo de decidir que no voy a volver a dar la patita nunca más a nadie.