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| Adriaen Brouwer. The bitter drunk (1630) |
La mayor parte de los relieves, texturas y pequeños brillos se acoplaron como una fracción de un todo circunstancial sobre mi marchito cuerpo -en esos momentos transformado en algo similar a una sala hipóstila edificada con huesos, sangre y carne- y comenzaron a adicionarse hasta formar una figura que me recordó a esos ichtus que garabateaban los primeros creyentes para demostrarse que todos formaban parte de un inmenso aunque hipotético algo. Mientras trataba de desprender cada fragmento de mi configuración estructural, me pareció escuchar los murmullos mojados por la lluvia de una descripción que había sido escrita sobre papel varias centurias antes. En ella las sombras de los que nunca fueron, porque no pudieron, o simplemente porque renunciaron a creer como válida la perpetuación de su memoria, se arrastraban rozando la tierra con el vientre a través de los pasadizos sin fin como si fueran espectros escamosos…
Entonces él se acercó y sin previo aviso escupió la maldita blasfemia…
-¡Greg, pedazo de mamón, déjate de coñas y vámonos a coger una jodida cogorza!
