Email del 17 de julio 2019

Javier Hoyos. Mártires trinarios de Belmonte. (Desconozco y me importa un pimiento la fecha en que se pintó)

Querida:

Todo el mundo que viene a mi casa se siente fascinado por la descomunal fotografía abstracta que viste casi la totalidad de una de las paredes de la habitación que hace de despacho. Cuando me preguntan qué es o qué significa, les suelo preguntar a su vez si están seguros de querer conocer la respuesta. Cuando me responden que sí, por supuesto o «si no, no te lo hubiera preguntado», les suelto la jodida verdad: es mi escroto fotografiado con un objetivo supermacro de cortísima distancia focal. En ese momento, la mayor parte de las visitas se callan, carraspean o recuerdan de repente que en esos instantes deberían estar en Brokopondo (Surinam) haciendo encuestas a los brokopondeses surinameses. ¡Es en esos momentos cuando realmente saboreo la existencia! Y si en lugar de quedarse petrificados salen corriendo y gritando, puedo incluso llegar a un estado contemplativo realmente profundo. ¿Me hace eso ser alguien despreciable? Es posible, aunque todavía no tengo claro de qué color es la fina línea que separa la despreciabilidad de la respetabilidad. Sí, sé que ambos vocablos terminan de la misma manera, y aunque conozco el significado de los dos términos, no me siento capacitado para incluirme o excluir a cualquiera. Porque un típico ser respetable puede ser un hijo de puta despreciable cuando nadie le mira, o viceversa.

Recuerdo el día que envié un email al párroco de mi barrio, el cual me acusó en una homilía de «ateo pervertido, abestiado, cerril y concupiscente».

Querido sacerdote de Dios:


Esos puntitos diminutos que ve en la fotografía que adjunto en el email no son pecas de mi escroto, sino pelos de mi barba recién rasurada. Cada uno de ellos tiene el tamaño de un cuarto de milímetro y para recogerlos y agruparlos he necesitado la ayuda de una lupa tradicional, ya sabe, de las de mango. Mañana, si me levanto con el mismo ánimo que hoy, le enviaré una imagen de una de mis almorranas fotografiada con zoom desde la alacena, pero si me promete decirme el nombre o los nombres de los tipejos o tipejas que le contaron lo del cuadro, le doy mi palabra de honor que en lugar de la foto de mi almorrana tomada con zoom desde la alacena, le enviaré la foto de mi alacena tomada con zoom por mi almorrana. 


Un saludo, tanto a usted como a su dios.

Astaroth López Pérez

Su respuesta no se hizo esperar y al día siguiente recibí su contestación eclesiástica:

Señor:


Usted… ¡usted es un cochino y un marrano! Si de mí dependiera sería expulsado ahora mismo de este país, que lo único que necesita son bondadosos, compasivos y virtuosos samaritanos y no tipos repugnantes, pervertidos y viciosos. De ahora en adelante le vigilaré. Vaya donde vaya mis ojos estarán detrás. No lo olvide.


Anselmo Llopis (párroco de la iglesia de la Santísima Perpetuidad del Socorro Bendito).

La primera vez que leí su email tuve que agarrarme a un mueble de Conforama que hay en mi salita (ahora ya sabes en qué corporación multinacional compro los enseres para dotar de confortabilidad a mi hogar) para no caerme al suelo de la risa. Lo que más me asombró fue que el tipo no se cortaba ni un pelo con sus preferencias sexuales («Vaya donde vaya mis ojos estarán detrás»). Estuve tentado de responderle otra vez pero decidí que si siempre había odiado a la gente que maltrata a los animales, por qué razón iba yo a rebajarme y hacerlo. Me contenté con modelar en arcilla una figurita vudú con su aspecto y clavarle alfileres muy cerca de la vesícula seminal durante varios meses seguidos.

G