Email del 22 de julio 2019

Ding Yanyong. Squirrel  (XX cent.)

Éramos cuatro amigos. Yo me transformé en ardilla y me subí a un árbol. Julia se convirtió en araña y se introdujo por un resquicio. Diego comenzó a parecerse a un gato y se acurrucó sobre unas tejas que cubrían una falsa bóveda. Patricia… Patricia lució el pantalón y la blusa que mejor le sentaban, como hacía casi siempre. Pero quizá debería tratar de ser más preciso y aclarar que cuando me transformé en ardilla y me subí a un árbol lo primero que pensé fue que desde mi nueva posición las personas parecían diminutas bolas de billar que, sin la ayuda de un taco de madera, podían impulsarse hasta un gran número de lugares diferentes. Desconozco lo que se les pasaría por la cabeza a Julia y a Diego, pero estoy seguro de que Patricia siguió ensayando posturitas delante de su espejo. Lo sé porque la pude ver a través de la ventana mientras me comía una bellota. Al principio tuve ganas de lanzarle el fruto a la cabeza, pero desistí de la idea cuando reparé en que la ventana estaba cerrada y lo único que habría conseguido es hacer trizas el cristal.

Recuerdo que la cáscara no tenía mal sabor, pero lo que de verdad interesaba al resto de ardillas era el fruto. Algunas me miraban de una forma que solo es capaz de conseguir un roedor aburrido, otras, por el contrario, tenían ojos de aspecto humano y me escrutaban como si lo único que les apeteciera en el mundo fuera servirme una cerveza fría. No tardé mucho tiempo en dilucidar… aunque no recuerdo el qué. ¡La memoria de las ardillas es realmente insignificante! Pero estoy seguro de que nunca bebí cerveza fría. ¡Ni siquiera fui capaz de realizar un triple salto mortal con tirabuzón y doble pirueta desde una rama a otra! Supongo que por ese motivo dejé de ser ardilla.

Cuando entré en la habitación encontré a Julia y Diego, con su natural forma humana, charlando animadamente. Cuando les pregunté si tenían algo que contarme sobre su corta experiencia dentro del mundo de los insectos y de los felinos, ambos sonrieron y me relataron sus vivencias, hasta que yo me levanté e hice un gesto con la mano y… ¡No recuerdo por qué dibujé ese gesto ni qué pretendía con dicha acción! ¡La memoria de los Gregorios es tan insignificante o más que la de las ardillas! Sin embargo estoy seguro de que en esos instantes apareció Patricia con un vestido rojo y amarillo nuevo.  Y de que cuando le dije que parecía una bandera sacó un arma y nos disparó a los tres. ¡O quizá no! He repasado mi cuerpo mil veces desde entonces y no encuentro ningún agujero de bala. Y hace un par de días hablé por teléfono con Diego. Joder, no puedo dejar de pensar en esa visión, porque estoy casi seguro de que…  ¡Ni siquiera estoy seguro de ser yo o alguien! ¡La memoria de las ardillas es realmente insignificante!

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