Email del 27 de julio 2019

Charles Bell. Injuries (19th century)

Ella me dijo que dos equivalían a uno, y que aunque me sonara extraño, siempre había sido así y lo sería por el resto de los tiempos. Entonces comencé a darle vueltas a la cabeza hasta que llegué a un punto en que casi se me desenrosca por completo y pensé: si dos son uno, entonces cuatro son dos y ocho deberían ser cuatro y 9000 no más de 4500. Entonces llegó el enroscador de cabezas autorizado y comenzó a darle vueltas a la mía hasta que la dejó en el punto en que estaba justo antes de que llegara a esas malditas conclusiones. Cuando se fue le di una propina y volví a estrujarme el cerebro. Después de 30 minutos de estrujamiento cerebral este comenzó a parecerse a una uva pasa un poco más grande de lo normal y no me quedó más remedio que avisar al desestrujador perceptuado que vino en menos de lo que tarda un elefante en comerse un huevo duro.  Más tarde, o mejor dicho, mucho mucho más más tarde tarde, me senté sobre una silla rota y dejé volar la imaginación, pero esta, al verse libre salió pitando a una velocidad increíble y cuando me quise dar cuenta se encontraba en Lapulapu, así que tuve que avisar al encontrador de creatividades conceptuales para que tomara el primer avión a Filipinas y trajera a la jodida lo más pronto posible.

Pasaron los años. Volvieron a pasar. Repitieron algunas jugadas a cámara lenta y desde ángulos diferentes y el ayer se convirtió en hoy. Hoy tengo que comprar. Mañana debería vender. Dentro de unas semanas quizá robe algo. O puede que robe todo. Todo lo que me quepa en el saco. ¿Todo lo que me quepa en el saco? El saco me lo regaló un amigo. El lo había estado utilizando para transportar la fruta que compraba directamente a los agricultores. Los agricultores cuando terminaban sus jornadas se reunían en el puticlub de María Fernanda. Allí hablaban de sus cosas y de lo miserables que se sentían. Un día apareció un intermediario frutícola y entre José Antonio, el cultivador de cerezas y Luis Miguel, el sulfatador de hortalizas, se liaron a hostias con él. Cuando terminaron de apalizarlo, el tipo se asemejaba a una especie de andrajo cárnico, pero aún así Luis Miguel volvió a arrearle otra hostia, esta vez sin hache y luego se fue a comprobar si Juana Carmen había acabado ya de hacerle el francés a Honorio José.

Ella se retractó y me pidió perdón. Dos nunca equivaldrían a uno. Mientras trataba de explicar su repentino cambio fraccional no paraba de echarle las culpas a un botecito de Noctamid que descansaba encima de la mesa. Cuando salí de su casa me puse a pensar. Y llegué a pensar tanto que se me desprendió la sujección antidesprendimiento avanzada y universal, también llamada SAAU. Como los del seguro todavía no me habían mandado a la puta mierda me enviaron a su mejor perito juntador que hizo un trabajo sensacional. Quizá demasiado sensacional, pues selló la SAAU con los factores Z+ y D- que estabilizan los constreñimientos de los fragmentos inamovibles y casi termino catastróficamente lisiado.