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| Robert Campin. Mass of Saint Gregory (1415) |
Amiga mía:
El cuchitril onírico, artífice de la mayoría de mis desasosiegos en forma de pesadillas o alucinaciones, se ha apuntado la pasada noche una pequeña victoria. Sin embargo, al contrario de lo que hago en otras ocasiones, no voy a transcribirte el argumento de la vesanía desbarrante que se ha apoderado de mi razón durante casi cuatro horas, pues no quiero parecer un añoso pusilánime, aunque en realidad, o por lo menos según las apariencias, debo de estar muy cerca de serlo.
Todo comenzó después de cenar. Me encontraba tan exultante y, sobre todo, reforzado gracias al queso semicurado de oveja y al jamón ibérico que me acababa de zampar, que desistí de acercarme al club Las pitufinas lujuriosas, hecho que repito todos los días después de comer y cenar, sobre todo para facilitar la digestión y mantener a rajatabla los niveles de glucosa mediante el durísimo entrenamiento sicalíptico, cuando sentí un dolorcillo en el epigastrio. En unos cuantos minutos ese dolor leve se convirtió en una tortura inaguantable que se trasladó al mesogastrio. Cuando la sensación lacerante terminó en el hipogastrio decidí acostarme, no sin antes haberme tomado tres comprimidos de Tranxilium con un vaso de tubo repleto de Jack Daniels.
Lo que sucedió, ya lo sabes. Por lo menos deberías saberlo si has empezado a leer este email por el primer párrafo: monstruos, brujas, demonios y cruasanes voladores. Ahora me encuentro un poco mejor, aunque si quieres que te sea sincero, ha habido un momento en que he estado a punto de dirigirme al cementerio municipal con un pico y una pala para intentar cavar una fosa lo suficientemente grande como para que cupiese mi cuerpo.
Por esa razón creo que debemos aplazar nuestra cita para asistir juntos a misa esta tarde.
Gregory
