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| Vladimir Makovsky. Portrait of a man sitting on a park bench (1917) |
Amiga:
Estoy sentado en un banco. Frente a mí se extiende un parque inmenso repleto de bancos. En cada uno de ellos hay un tipo sentado escribiendo en su tablet, tal y como lo hago yo. En ocasiones alguno se rasca la cabeza, pero generalmente están tan enfrascados tecleando sus pensamientos que ni siquiera son capaces de intentar algún movimiento. Me gustaría que alguien me trajera una Coca-Cola, aunque también me encantaría que se presentase ante mí la suerte, esa distinguida mamona que reniega de las súplicas y las apelaciones. Le echaría un tremendo rapapolvo, pues desde hace 58 años se niega a echarme una mano. ¡Si ella supiese que me conformaría con tan solo uno de sus innumerables pies!
Una araña se ha dejado caer desde un árbol y ha aterrizado encima de una de mis manos. Trato de cogerla para devolverla al lugar al que pertenece, pero de repente me quedo inmovil. Una idea con forma de idea, pero de otra clase de idea no manufacturada directamente en una sesera humana se entromete entre el resto de representaciones mentales y esquematiza cada uno de los lugares a los que he pertenecido en alguna ocasión. El número resultante es tan pequeño que hasta algunos de los individuos sentados en los bancos más cercanos se levantan y se sientan en los bancos más lejanos. El problema es que en cada uno de los bancos más lejanos ya había un individuo sentado. Mientras contemplo los bancos vacíos, siento una especie de aguijonazo en el dorso de la mano. La araña se despide de mí y con una majestuosidad extraterrestre, se deja llevar por la brisa amarillenta y aterriza encima de la mano de uno de los individuos sentados en los bancos situados en la zona de carga y descarga.
Algunos niños juegan en los columpios. Algunos perros se restriegan sobre el cesped. Algunos pájaros, sobre todo mirlos, se roban las lombrices los unos a los otros con total descaro. Algunos ancianos se sientan en los bancos desalojados unos instantes antes. Algunos niños roban las lombrices del pico de los mirlos. Algunos perros intentan subir a los columpios. Algunos pájaros se restriegan sobre el cesped. Algunos ancianos fallecen en los bancos. Algunos tipos dejan sus tablets sobre los bancos y registran los bolsillos de los ancianos muertos. Algunos perros agarran con sus fauces las tablets abandonadas. Algunos mirlos se deslizan por los toboganes. Algunas lombrices se hacen las muertas. Algunos perros se roban las tablets los unos a los otros con total descaro. Algunos pájaros dan la voz de alarma. ¡Se acerca un gato! Todos conocen a ese minino. Su dueño jugaba en los columpios cuando era un chaval. Ahora es muy viejo y no puede andar. Tampoco puede morir. El gato se sienta en lo alto del columpio mientras los perros desaparecen dejando las tablets mordisqueadas y empapadas de saliva sobre el cesped. Algunas lombrices se suben a ellas.
Estoy sentado en un banco. Nunca he llegado a comprender por qué se denomina banco a un asiento. Podría llamarse fruasfruasfruas. Si fuera así, yo ahora estaría sentado en un fruasfruasfruas y frente a mí se extendería un parque inmenso repleto de fruasfruasfruases.
