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| J.H.W. Tischbein. Diogenes searching for an honest man (1780) |
Querida:
Era totalmente necesario indagar en mi propia intención cínica. Sin embargo, en lugar de exponerme a una exploración dialéctica, decidí abrir una lata de anchoas de Santoña y prepararme un bocadillo. Aunque en realidad me hubiese gustado disponer de unos cuantos aladroques frescos en vez de esos pequeños filetes embalsamados con aceite de oliva virgen, mi naturaleza amable y natural originó un pequeño conflicto con el psicólogo encargado de evaluar mi hipocresía. Todo sucedió cuando me comí el bocata sin ofrecerle al pedagogo (candongo) un bocado o incluso una porción. ¿Por qué tendría que convertirme en el chef de un especialista que ha venido a terminar con mi reinado de desvergüenza y desfachatez?
Pese a tener diferentes puntos de vista en cuanto a la existencia y a la forma de enfrentarse a ella, el consejero me perdonó el lapsus del almuerzo y trató de sonsacarme información que fuera «suculentamente válida» para formar parte del informe que debía incapacitarme. No obstante a mitad del examen oral volvió a entrarme hambre y me dirigí a la cocina donde me preparé un exquisito arroz en fesol y naps. Mientras me servía un plato, el algolágnico activo me miró fijamente a los ojos mientras yo hacía algunos ruidos fulanescos al tragar. Cuando me terminé el plato volví a servirme una segunda ración, y después una tercera. Si quieres que te sea sincero nunca se me pasó por la «quijotera» invitar al mamarracho que por haber estudiado 4 o 5 años más que yo se sentía superior.
Con respecto al contenido pedagógico de la sesión puedo decirte que mis tesis estaban más estructuradas que sus paralogismos. Y eso que cuando llegó la hora de merendar solo me organicé un pequeño refrigerio a base de tortillitas fritas al estilo uruguayo y un flan de café con nata. En un momento dado me pareció escuchar ruidos de tripas lloriqueantes que provenían del aprendiz de «psico-sico-Dios», pero mi «hijoputez» se encontraba en un estado tan pletórico y saludable que salvo un pequeño regüeldo poco filosófico y un «se está haciendo tarde. ¿No debería marcharse ya?» no se pudo oir ningún otro sonido más o menos humano. Por supuesto si exceptuamos como ruido más o menos humano un fuerte portazo.
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