Email del 26 de abril 2020

Fernand Leger. Lovers (XIX-XX cent.)

Siempre he confiado en los «santo y seña» más o menos complicados para que mis amantes pudieran yacer conmigo sin temor a sus maridos o prometidos. He de señalar, no sin cierta satisfacción, que en cuatro décadas solo he sido pillado in fraganti, y por lo tanto apaleado con alevosía, en cuatro ocasiones. ¡Una por decenio! La primera ocurrió en un hotel situado a 35 kilómetros de la vivienda de la afortunada barragana y aunque el santo y seña ahora me parece un poco estrafalario y tontorrón («Mi culito está limpito»), en aquel momento creí que era único e indescifrable. En la segunda ocasión no falló la contraseña, que aunque no era de mi invención resultaba bastante sofisticada, pues debía toda justificación al asesino del zodiaco norteamericano («Por fuego, por arma, por cuchillo, por soga»). En realidad la cita fue un completo éxito. El problema surgió cuando ella se quitó el disfraz de ella y se convirtió en él. Y él no era otro que su marido que desde hacía unos meses sospechaba algo. La tercera vez que fui apaleado por un delito de «faldas y satiriasis» ocurrió en un momento de mi vida en el que todo me importaba una deyección. Supongo que el santo y seña de mi total autoría era demasiado largo («Las ideas arrastran a la displicencia, mientras esto sucede, el maelstrom de la memoria restablece la estructura del nimbo interior, destruyendo las ramificaciones aportadas por el desenlace cenestésico. Entonces es cuando se intuye que lo que fue quizá ya nunca vuelva a ser; que lo que se intentó jamás se volverá a pretender, en definitiva, que los sucesos que proyectaron y definieron el júbilo de la moderación desaparecerán para siempre. Y mientras la perpetuidad inconsciente presume de sus victorias y de sus fracasos, la gloria que delicadamente forja el caos incontrolado emerge a la superficie desde lo más profundo de la zona de subducción, en el abismo de la desesperanza».) Estoy convencido de que mi amante se hartó de mis contraseñas profundas y decidió que lo mejor era llamar a su esposo para que me hiciera un lifting facial rápido y sin cirugía. Y es lo que me hizo, aunque yo hubiera preferido que me realizara una liposucción de papada. En la cuarta ocasión la contraseña era corta y directa («Chupetéamela»), aunque con las prisas se la escribí en un papelito a un camionero en lugar de a la mujer despampanante con la que retozaba en aquella época. Por supuesto terminé en el hospital mientras que la mujer despampanante, su pretendiente oficial y el camionero batían varias plusmarcas sexuales.

Actualmente ya no me dedico al sexo. Obtengo mucha más satisfacción coleccionando cromos de jugadores de futbol de segunda y tercera división. Antes de que comenzara la pandemia cambié un cromito de Nicolás Gorosito por ocho, y estuve muy cerca de alcanzar el éxtasis inconmensurable antes de llegar a casa. Afortunadamente mis orgasmos callejeros son inapreciables para el resto de coleccionistas, colectores y recopiladores.

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