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| José Guadalupe Posada. El fin del mundo (1910) |
Hola:
Ayer, mientras me encontraba en modo desquiciado hice una tontería: tiré por la ventana el gayumbo que me convertía en el superhéroe Superdespotricador Superanhedónico. Algunos otros superhéroes dependen de un cinturón o un anillo para transformarse en los defensores del bien sobre el mal o de las jodidas injusticias. Yo, con mi calzoncillo puesto, era capaz de volar más de ocho horas seguidas, como un superhéroe superconocido; de acelerar mi metabolismo, como otro superhéroe superfamoso; de columpiarme a altas velocidades, como un superhéroe superrenombrado; de lanzar rayos energéticos, como otro superhéroe supercélebre; de lobotomizar a los villanos de turno, como otro superhéroe superpopular, y de desbaratar entuertos con el poder de la mente, como ningún otro superhéroe conocido, si exceptuamos a la superternera Urania, la vaca del tío Engracio que, gracias a una fuerza cósmica proveniente de otra dimensión, se convirtió en una res capaz de despegar del suelo y aterrizar sobre la superficie de Urano en 12.5 segundos.
En estos instantes me encuentro en modo superviviente. Es un modo cómodo que me permite rascarme el culo con deleite. Por supuesto siempre que esté en una posición razonable. Mientras trato de calcular cuántos días faltan para que el (o la) COVID-19 entre en mi cuerpo y me obligue a luchar por mi vida, trato de rememorar algunas secuencias de mi existencia. Sin embargo solo me vienen a la cabeza escenas de mi futuro deceso. Porque como exsuperhéroe, soy mortal. Es más, yo diría que supermortal. Aunque después de haber escuchado tantas supergilipolleces y haber vivido tanta supermierda en mis años anteriores, estoy superconvencido de que la muerte, o la supermuerte, es una especie de superobsequio. Y nada me persuade más de ello que recordar las certeras palabras de la superternera Urania: «Muuuuuuuuuuuuu. Muuuuuuuuuuuu. Muu, muu. Mu. Mu. Mu. Muuuuuuuuuuuuuuu».
El modo superviviente ha dado paso al modo algolágnico pasivo. No es una forma o manera sensata, pero me permite automutilarme. Las dos orejas que descansan sobre el suelo laminado marca Faus eran mías. Ahora pertenecen al universo. Ayer leí que el coronavirus no ataca a los desorejados. Y aunque de alguna manera todavía no me siento como Hoichi, en lo más profundo de mi corazón sé que sobreviviré a esta debacle sin tener que volver a escuchar ni una puta vez más la canción del Duo Dinámico. Y eso me reconforta sobremanera.
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