Email del 2 de mayo 2020

Philip Moss. Buntys’ knickers (1994)

Querida:

Hoy no me encuentro con fuerzas para contarte lo que he hecho o he dejado de hacer. Por esa razón te voy a transcribir el famoso soliloquio en el mingitorio, extraído del tercer acto de Heresifobia, mi primera obra de teatro en cinco actos que escribí cuando tenía 20 años.

Es frecuente que el aburrimiento influya en el pensamiento; sin embargo en numerosas ocasiones ocurre a la inversa. Sobre todo cuando uno trata por todos los medios de alcanzar un modo de hastío existencial que le permita sobrevivir a la velocidad con la que se suceden los hechos. Como en cualquier verdad relativa, o por lo menos, difícil de probar, las certezas se combinan con las dudas de la misma manera que un pantalón barato se conjunta con una camisa poco almidonada. En realidad entiendo tanto de combinaciones como de enaguas, refajos o sayas. Por supuesto, mi absoluta ignorancia en cuanto a prendas íntimas femeninas cuasi protohistóricas no implica que alguna vez, sobre todo cuando era joven y atractivo, no hubiera estado interesado en sus parientes más cercanas en el tiempo, es decir, las bragas. 


Una vez fui atacado por una de ellas. Sí, por una braga faja pantalón de esas que se llevan con vestidos semitrasparentes. Ocurrió hace unos veinte años. Desde entonces prefiero no tener que estar en la misma habitación con una o varias de esas malditas prendas femeninas. Por esa razón, siempre que quedo con una mujer para conversar, ir de compras o al cine o incluso a misa, le pido que se quite las braguitas, ya sean altas, tipo bikini, tanga o culottes. La mayor parte de las veces se niegan en redondo y yo suelo acabar con un horrible ataque de nervios o directamente sedado. Afortunadamente no me ocurre lo mismo con los calzoncillos, aunque en una ocasión me puse muy malo al lado de un compañero de trabajo. Al día siguiente me enteré de que dicho compañero se había puesto por error unas bragas brasileñas XXL de su amante bandida. 


En estos instantes me viene a la cabeza la letra de una canción de una banda llamada «The Gregory’s cemeteries». Si no me equivoco decía algo así:
Ella se pone las bragas.
Ella se quita las bragas. 
Ella se vuelve a poner las bragas.
Ella se vuelve a quitar las bragas.
Y yo me aburro tanto…


Mientras trato de recordar el resto de la canción he notado que una de las filtraciones del techo ha dejado de gotear. Justo la que está encima de mi cabeza. Supongo que mañana tendré que subir al tejado de este urinario público con un berbiquí…