![]() |
| Edward Hopper. Excursion into philosophy (1959) |
Mientras me deleito con el sabor de un huevo pasado por agua no puedo dejar de pensar en esa rutina involuntaria y antitética, aunque de lenitiva trascendentalidad, en la cual uno escruta en su interior y deforma con obcecación matemática la idea que se tiene de la inocencia. ¿Soy culpable hasta que se demuestre lo contrario? ¿Debería ser incoado por poseer un concepto desemejante al del resto de autómatas programados acerca de la existencia? El huevo ha salido perfecto, aunque ya era perfecto antes de tenerlo tres minutos y medio cociendo a 100 grados con sal y vinagre.
La ventana de mi cocina está abierta. Escucho algo parecido a un tumulto callejero. Asomo la cabeza y contemplo a un tipo de aspecto herrumbroso que intenta multiplicar su poder ante el resto de peatones como si fuesen panes o peces. No es Jesucristo ni ninguno de sus discípulos, sino un pibe que abusa de las estereotipias. Sé que proviene del estuario del Río de la Plata por su yeísmo rehilado, aunque me importa una absoluta, distanciada e íngrima mierda. Cierro la ventana e intento desdoblar mi Yo, pero en ese mismo instante mi Ser, que se supone que es eterno, inalterable y que no está sujeto a modificaciones, rehúsa manifestarse a sí mismo y se convierte en una reacción profana exenta de escrúpulos ontológicos.
