Email del 27 de marzo 2022

 

 Mark Rothko, «N. 14» (1960)
De la imposibilidad axiomática
Sentimos una imperiosa necesidad de catalogar, inventariar y registrar cada uno de los momentos felices de nuestra existencia, pero mientras recopilamos los falsos datos que deberían colmar nuestro utópico volumen, nos olvidamos de repasar los instantes, bastante numerosos, de vileza, maldad gratuita y crueldad que son los que verdaderamente han significado algo y a los que durante tanto tiempo hemos deificado. Intentamos obviar lo indiscutible, por eso fabricamos mentiras que llevan nuestros apellidos y conviven muy cercanas a nuestros deseos y frustraciones. Mientras anhelamos oro sembramos heces, mientras deseamos la fortuna para el prójimo le clavamos una daga emponzoñada con venenos diseñados para lisiar, nunca para matar; nos es preferible recrearnos en la angustia ajena que en su muerte corporal, pues está solo significa un descanso, un reposo, una tregua que de ninguna de las maneras estamos dispuestos a aceptar. Es más fácil y más productivo herir que ejecutar, nos produce más placer aplastar que asfixiar; estamos fabricados de una materia infame que no permite demasiados asaltos a lo que eufemísticamente definimos como conciencia; permanecemos inquebrantables mientras escuchamos los lamentos de los ajusticiados, nos frotamos las manos de placer mientras trazamos su tortura, su martirio, su tormento. Una vida sin condenados nos parece algo vacío, opaco, insufrible, por eso intentamos alimentar con ambrosías del infierno nuestro ego, ese camarada que bajo ninguna circunstancia nos debe fallar, ese amigo incuestionable que transforma la luz en oscuridad, las risas en llantos, la complacencia en disgusto; ese don heredado gracias a los medios de comunicación y del cual sólo cantamos alabanzas y adulaciones que duran lo mismo que nuestra empatía ante el resto de inmolables.

Mientras las manecillas de nuestros relojes interiores avanzan, no lo hace nuestra compasión que, lejos de llegar a un punto no retornable, se sacrifica transformándose en vulnerabilidad, debilidad, fragilidad, es decir, se modifica gracias a nuestros deseos impuros y deshonestos, se disfraza de demonio del báratro y nos permite subsistir aferrados a ese altar maldito al que arrastramos a nuestras pasiones; ese tabernáculo cubierto de telas negras y resplandores decadentes que llamamos imposibilidad.

La imposibilidad no tiene fronteras, no tiene estandartes ni leyes, carece por completo de dogmas o de verdadera fe; la imposibilidad se nutre de los destellos entrópicos de nuestras carencias terrenales, las distorsiona y las hace parecer encomiables.; pero mientras las líneas intentan mantener su rumbo, en un momento dado surge la transformación, la modificación, la metamorfosis que encumbra nuestro apetito insaciable que al fin y al cabo es el que permite que sigamos vivos.

Hubo un tiempo en que no necesitábamos definir para continuar, hubo una época en que todas las pequeñas cosas que nos producían placer estaban guardadas en una vasija de barro. Ese tiempo de excelencia y bondad a partes iguales sólo permanece como un recuerdo ebrio y obsoleto; esa etapa de júbilo y satisfacción ahora es un mustio recuerdo de lo que pudimos llegar a ser, una hoja suelta en un incunable velado donde la huella del impresor sólo se vislumbra en los escasos días de fulgor resplandeciente.

La imposibilidad es ahora nuestra manutención, nuestro álbum de fotos, nuestro libro de memorias; alterar las posibilidades es un antema por el que nos es imposible caminar. Quizás deberíamos recordar que bajo tantos kilos de carne infecta todavía permanecen algunos minúsculos átomos que danzan cíclicamente y cuyo deber es simplemente, arrastrarnos al punto inicial.