Mientras las manecillas de nuestros relojes interiores avanzan, no lo hace nuestra compasión que, lejos de llegar a un punto no retornable, se sacrifica transformándose en vulnerabilidad, debilidad, fragilidad, es decir, se modifica gracias a nuestros deseos impuros y deshonestos, se disfraza de demonio del báratro y nos permite subsistir aferrados a ese altar maldito al que arrastramos a nuestras pasiones; ese tabernáculo cubierto de telas negras y resplandores decadentes que llamamos imposibilidad.
La imposibilidad no tiene fronteras, no tiene estandartes ni leyes, carece por completo de dogmas o de verdadera fe; la imposibilidad se nutre de los destellos entrópicos de nuestras carencias terrenales, las distorsiona y las hace parecer encomiables.; pero mientras las líneas intentan mantener su rumbo, en un momento dado surge la transformación, la modificación, la metamorfosis que encumbra nuestro apetito insaciable que al fin y al cabo es el que permite que sigamos vivos.
Hubo un tiempo en que no necesitábamos definir para continuar, hubo una época en que todas las pequeñas cosas que nos producían placer estaban guardadas en una vasija de barro. Ese tiempo de excelencia y bondad a partes iguales sólo permanece como un recuerdo ebrio y obsoleto; esa etapa de júbilo y satisfacción ahora es un mustio recuerdo de lo que pudimos llegar a ser, una hoja suelta en un incunable velado donde la huella del impresor sólo se vislumbra en los escasos días de fulgor resplandeciente.
La imposibilidad es ahora nuestra manutención, nuestro álbum de fotos, nuestro libro de memorias; alterar las posibilidades es un antema por el que nos es imposible caminar. Quizás deberíamos recordar que bajo tantos kilos de carne infecta todavía permanecen algunos minúsculos átomos que danzan cíclicamente y cuyo deber es simplemente, arrastrarnos al punto inicial.
