Email del 20 de junio 2022

Paul Klee. Cosmic composition (1919)

Hola:

De las 37 personas que vivían en esa pequeña aldea, 36 soñaron lo mismo una noche. El único individuo que rompió la excepcional regla, un varón de 87 años, analfabeto y con serios problemas de afección, se dedicó a dibujar icosaedros convexos en las dos paredes opuestas de su pequeña y destartalada cocina de leña. Cuando acabó de dibujar los cientos de triángulos equiláteros conformados en poliedros de veinte caras, se sintió satisfecho y se dirigió al acantilado. Si alguna vez vas a ese pueblucho y te acercas a su precipicio, deberías mirar hacia las rocas cortadas que salpican el fondo. Una de ellas, no sabría decirte ahora cuál, desmembró el cuerpo de aquel hombre. Por esa razón los 36 habitantes de la zona llaman a esa escarpadura «El salto del viejo».

Un pequeño animal de compañía se escapó de la casa que le cobijaba. Mientras recorría los cientos de metros que separaban lo habitual de lo extraño, experimentó una sensación angustiosa, imposible de describir para un humano. Se limpió los bigotes con las zarpas, miró al cielo y enseguida comprendió cuál era su destino. No tardó ni media hora en encontrar a una alimaña rabiosa y desesperada que lo mató y lo engulló por completo. Al día siguiente, su dueña lo buscó en cada una de las estancias de la casa, pero como no pudo encontrarlo creyó que nunca lo había tenido y que sólo era un sueño. Un sueño más. Un sueño engendrado por la desesperación y el abatimiento. Cuando se lo contó a su vecino, éste se asustó, pues era el mismo sueño que él había tenido. Y era el mismo sueño que su yerno, que residía a escasos metros, le había contado. ¿Los tres soñaron lo mismo? ¿Los tres soñaron lo mismo, la misma noche? ¿La misma noche en que el más viejo del lugar dibujó icosaedros?

Aunque estaba impedido le encantaba descansar al lado de la ventana. El sol que entraba y se filtraba por el cristal sucio le calentaba la parte anterior del cuerpo. Era una sensación placentera que le sumía en una especie de maravilloso amodorramiento. Mientras su cabeza se ladeaba y la baba mojaba los primeros botones de la camisa, sus recuerdos se dirigían en todas las direcciones. Lamentaba que las noches no tuvieran sol, pues sin el calor del astro rey los sueños solían transformarse en pesadillas desconcertantes. Si tú fueses una diosa, una hada o simplemente una ninfa y aparecieses en su destartalada habitación, seguramente te imploraría que borrases el capítulo de aquella noche. ¿Por qué no fue ella la que se precipitó sobre las rocas? Si hubiera sido ella, por lo menos algún lugar de la comarca, algún día, llevaría su nombre. Sin embargo, mientras el viejo acababa con sus demonios interiores, ella soñaba algo que ni siquiera era concreto u original.

Las nubes descargaban agua sin compasión sobre la cabeza de una estatua. El cuerpo de esa escultura descansaba semienterrado en la tierra arcillosa, pero la testa se beneficiaba de las inclemencias meteorológicas mientras sus ojos inertes jugaban con cada una de esas pequeñas sensaciones que discurren cuando el tiempo, ese secuestrador invisible e insobornable, se petrifica. La anciana que vivía en la cabaña estaba convencida de que era la cabeza de la Gorgona y jamás la miraba. Cuando fue joven -y no olvides que todos y cada uno de ellos o de nosotros ha sido joven en algún momento de su vida- leyó muchos libros y aprendió a discernir un secreto de un falso rumor difundido a medianoche. Ahora, mientras esperaba algo que no llegaba pero que ansiaba por encima de cualquier deseo, notó como sus fuerzas para soportar una nueva jornada escapaban despavoridas, retrocediendo y cambiando de dirección sin lógica aparente. ¡Sí, ella también soñó esa noche! Y después de ese sueño de sueños, ya nada parecería lo que realmente era. Pues esa representación onírica y cruel, semejante al viento del este que parte los tallos de los girasoles, no era más que una fracción del conocimiento infinito que establecía las distancias y multiplicaba las imágenes fractales codificadas en su memoria.

Continuamente se hacía preguntas. Y aunque parezca inusual, siempre se las contestaba todas. «¿Si sabemos de qué color es la carne de las manzanas, por qué razón seguimos pelándolas?» «¿Podría contar los guijarros de menos de medio centímetro que descansan en el viejo camino que sale de mi casa y conduce hasta el pequeño torrente donde una vez vi a Dios?» «¿Debería esconder las sombras que producen las amapolas en la cajita de estaño?» Cuando no se estaba preguntando algo, solía jugar con dos palitos de madera. Le encantaba el ruidito que hacían al ser golpeados el uno contra el otro, o ambos contra su cabeza. Por las noches solía soñar con esos mismos palitos y con su cabeza. Pero esa noche, esa noche en la que todos los vecinos comulgaron una misma pesadilla, sus palitos, su cabeza y sus preguntas se ocultaron para siempre entre la espesura de veleidades eternas, mientras que el protagonismo se lo quedaron los ejes de simetría, los vértices opuestos, las rectas y las aristas del anciano suicida.

¿Sabes por qué te cuento esto? Yo viví en aquel pueblecito por aquellos días. Yo era un número más entre los soñadores, es posible que el 27, o el 28. ¿Qué más da? Yo soñé lo mismo y puedo certificar que las imágenes que mi prosencéfalo fabricó fueron exactamente las mismas que hirieron y desconcertaron al resto. Durante semanas las comparamos y yo me dediqué a analizarlas. El viejo que no pudo soñar dibujó icosaedros. Un icosaedro no es más que un antiprisma pentagonal rematado en sus bases por dos pirámides (también) pentagonales, con 12 vértices y 30 aristas. El resto de vecinos, los que tuvimos el privilegio o desventaja de dormir, soñamos que esbozábamos dodecaedros en las paredes opuestas de nuestras cocinas; algunas de leña, otras no. Un dodecaedro es una figura geométrica configurada por 12 pentágonos, 20 vértices y 30 aristas. Podríamos haber soñado con tetraedros, hexaedros u octaedros o podríamos haber soñado que nos perseguían, o que volábamos, con agua, con arañas, que nos caíamos, o se caían nuestros dientes, con perdernos, con ser atacados y heridos, con la muerte…