Email del 10 de julio 2022

Martha Rosler. Cleaning the Drapes (from the series House Beautiful: Bringing the War Home)
1967 – 1972

Me encontraba tan henchido de satisfacción que hasta tuve ganas de limpiar los azulejos del baño. Por supuesto no lo hice. Llevo años sin pasarles una mísera gamuza empapada con algún repelente limpiador de marca blanca. ¿La razón? No soporto que siempre tenga que haber una jodida causa para cada acción y sus subsiguientes reacciones. Podría argumentar que amo a las arañas que se pasean con toda naturalidad entre las muchas plantas que tengo en el baño. O que me gusta la suciedad, sobre todo si destaca, como sucede en cualquier aseo del mundo cuyas paredes sean de ladrillos vidriados. Pero como siempre ocurre, la verdad es mucho más sencilla: ¡tengo 60 años! ¡Y soy un vago redomado! La última vez que limpié los putos azulejos de los cojones cronometré la duración desde el principio hasta el final. ¡Dos horas de mi vida! Claro que eso sucedió cuando todavía era joven y tenía por delante una cantidad desorbitada de vida. Y que conste que no tengo demasiado miedo al paso del tiempo ni padezco de midorexia: sencillamente, no me apetece limpiar. Tampoco ensuciar. Bueno, sí que suelo ensuciar cuando estoy de visita en otro hogar, pero sin que me vean hacerlo. También suelo salpicar, tiznar, pringar y guarrear en los váteres de El Corte Inglés, Ikea, Primark o grandes supermercados como Mercadona, Consum o Carrefour. En el lavabo de una de las tiendas de este último establecimiento comercial compuse una preciosa poesía que dejé plasmada para siempre, o por lo menos hasta que llevasen la puerta a decapar y pintar. Lamentablemente solo recuerdo el primer verso:

He salpicado hasta el techo.

Lo que sí recuerdo es la sensación de poderío que experimenté mientras mojaba las paredes con las seis atmósferas de presión urodinámica proporcionadas por mi vejiga con la ayudita de la uretra. Cuando salí y contemplé desde la puerta mi obra maestra me sentí empequeñecido, decrecido, casi insignificante. Mientras me dirigía hacia las escaleras mecánicas observé que cada paso, cada salto, incluso cada caída era celebrada por mi acompañante inexistente con soniditos agudos resultantes de hacer pasar el aire, imaginario, por supuesto, por la claramente irreal boca.

En realidad no sé por qué lo hice. Tampoco sé por qué me abro tanto y cuento esto. Menos aún cuándo morirá mi casero o cuándo volveré a hacer un trío. Lo único de lo que estoy seguro es que he llegado a un punto en que no soporto más esta descompuesta sociedad. Podría bajar del altillo mi Quimicefa e inventar una especie de aire virulentamente tóxico. De esa manera enviaría a cada uno de los habitantes del planeta a tomar por el culo, pero no, me cansaría mucho. Quiero decir que me cansaría mucho inventando una especie de aire virulentamente tóxico, no enviando a cada uno de los habitantes del planeta a tomar por culo. Aunque estoy completamente seguro de que a una proporción muy apreciable de habitantes del planeta les gustaría ser enviados a tomar por culo. Una y otra vez.

Ahora estoy sentado en la taza del váter (AKA inodoro). Acabo de reparar en un azulejo que parece limpio. Mañana vomitaré sobre él. Pero hasta que llegue mañana sigo viviendo en el hoy. Probablemente el hoy de hoy es infinitamente más tranquilo que el hoy de ayer. Y casi con toda seguridad mi hoy de hoy o mi hoy de cualquier día desde que vine a este mundo es más plácido que el hoy de cualquiera de los habitantes de Burundi.

Algún día me construiré una piscina en Burundi.