John Singer Sargent. A spanish window (1908)
Todas las mañanas miraba a través de la ventana. En numerosas ocasiones observaba a algunos de los residentes de las fincas colindantes ojeando también a través de los cristales de sus ventanas. Un día, mientras escrutaba cierta zona bastante alejada de mi zona de confort me pregunté por qué razón mis vecinos no miraban a través de mi ventana. Claro que esa acción implicaría invitar a todos esos espectadores a contemplar el panorama desde una ventana bastante pequeña. Quizá podría invitarme yo a contemplar la vida a través de sus ventanas. Un día con uno, al día siguiente con otro, es decir, rotando como si fuera una especie de trabajo sencillo no remunerado. Mientras divagaba a la manera de uno de los modelos de Rodin, escuché un ruido extraño que provenía del pasillo. Por supuesto continué en la ventana hasta que el ruido resonó más fuerte y repetido. Me dirigí al pasillo esperando encontrar a un zombi sediento de vísceras y reparé en que alguien estaba llamando a la puerta de entrada golpeándola con los nudilllos. Acomodé uno de mis ojos en la mirilla y lo que vi al otro lado me gustó mucho. Era una mujer de unos nosecuántos años. Pero al fin y al cabo era una mujer. Abrí la puerta y me presenté amablemente. Ella sin embargo solo me contestó que iba estreñida, a lo que yo respondí que lo sentía mucho. Luego la señora me preguntó si por casualidad yo tendría algún buen laxante para prestarle. Cuando le pregunté quién era y dónde vivía me respondió que era la vecina del octavo y que solo llevaba viviendo allí tres días, tres horripilantes días en los que no había defecado ni una sola vez. La invité a pasar pero ella se negó aduciendo que tenía mucha prisa, así que le presté un microenema de la marca Micralax. Ella me dio las gracias y se largó casi volando.
Mientras me dirigía a la ventana pensé para mis adentros que la gente era muy rara, por esa razón traté de humanizarme un poco. Cuando me asomé, todos los puntos y puntitos que representaban vehículos y personas respectivamente continuaban con la coreografía de todos los días. Algunos se dirigían hacia la derecha, otros tomaban el camino contrario. Los que se encaminaban hacia el norte lo hacían como si no les importase en absoluto la ruta del resto y los que aceleraban para llegar lo antes posible y sin incidencias remarcables al sur me ponían de los nervios. De repente dos de esos puntos colisionaron y de ambos bajaron dos puntitos que comenzaron a danzar aparte. Su baile era totalmente diferente y por un instante me pareció que se fusionaban. Mientras el tinglado social alcanzaba su cenit convencional de adulteración y artificiosidad colectiva se me ocurrió canturrear una melodía y una letra inventadas…
Un onicofágico en trayectoria de colisión
con un exanguinado reciente.
Un procastinador profesional en fuga psicógena,
la mitad de un gemelo pigópago recubierto de nitinol,
tres perfusiones tremendamente fallidas.
Soy un recluso.
Soy un recluso.
Soy un recluso obtuso y secluso.
Y estoy confuso y patidifuso.
Soy un recluso.
Soy un recluso.
Luego me retiré al váter y allí hice cosas que solo se deberían hacer en un inodoro.