Email del 26 de julio 2022

Goya. Escena de Guerra (1808)

La antipatía de Pérez comenzó cuando López escribió un artículo en el periódico comarcal manifestando que Pérez no era más que un simple y «fascistizado» psicópata sub-sub (subclínico y submongoloide) tan chato como un escorpeniforme actinopterigio. De poco valieron las quejas de Pérez o de García, la mujer de este. En un momento dado, cuando la animadversión de ambos todavía no había llegado al vértice, Pérez comentó a un amigo mutuo que López le recordaba a un salchichón embuchado. Por supuesto la comparación llegó a oídos de López mientras este practicaba vudú sobre un muñequito con aspecto de Pérez, aunque un poco más reseco, que le mantuvo ocupado durante 15 minutos, tiempo suficiente para que García azuzase a Pérez con la intención de preparar una buena ofensa que desbaratase por completo el vigor lingüístico de su enemigo más íntimo.

La controversia crítica llegó a un punto en que, tanto los amigos, conocidos, intermediarios y alcahuetes de los dos contendientes discutieron acaloradamente si existió o no causación retroactiva. Al no alcanzar un consenso lógico y, por encima de todo, moral, decidieron no sin cierta desconfianza, dejar que los acontecimientos prosiguieran su degradado recorrido.

Y eso es lo que sucedió durante los siguientes 47 años. Hasta que el enfrentamiento verbal, manuscrito, publicado y ampliamente documentado llegó a las manos. O mejor debería haber dicho «a los tacatás». El incidente comenzó cuando López se encontró de casualidad con Pérez en la entrada de un supercomercio urbano de proximidad. Los dos, ayudados por sus andadores de aluminio con asiento incorporado, se miraron fijamente durante unos segundos hasta que estalló la conflagración final. López le preguntó con sorna extrema qué dónde cojones estaba García, su portera, su perrita faldera, su dueña y señora, jerarca, matriarca, diosa y amanuense, a lo que Pérez respondió con sus 206 huesos y los tres o cuatro dientes que le quedaban. La colisión fue pavorosa. Todos los pájaros del lugar volaron espantados en todas direcciones. Un gato que dormía plácidamente en un alcorque sufrió una parada cardiorespiratoria provocada por la fortísima impresión repentina y el bedel de la finca colindante estuvo a punto de hacerse sus necesidades fisiológicas encima. El resto es historia. Y como todas las historias será recordada para siempre por nuestros descendientes (y los de Juan Roig Alfonso). Y mientras el futuro se escribe con tinta barata fabricada en China o Taiwan, algunos de nuestros ascendientes se revuelven y se revolverán eternamente dentro de sus tumbas…