
Hace un día asqueroso. El cielo está tan oscuro como el paladar de una mamba y la condensación provocada por la altísima humedad ambiental resbala por mi calva androgenética en forma de salitre efímero. Me apetece gritar, pero odio asustar a los pájaros que hartos del bochorno del verano se dedican a descansar en las ramas de los árboles. Si en lugar de aves fueran humanos los que dormitaran en las ramas no me comportaría de una forma tan afable.
Han pasado nueve minutos desde que escribí el párrafo anterior. Me he asomado a la ventana y he visto a una lagartija corretear por la acera. Su cara desprendía disgusto y desazón a partes iguales. Detrás de ella acechaba un gato atigrado de aspecto famélico, seguramente con aviesas intenciones. Como no quería que el felino se saliera con la suya me he bajado la cremallera del pantalón y he sacado el pene por la ventana mientras gritaba tratando de llamar la atención del morrongo. Todos sabemos que los mininos odian los falos que miden más de 35 centímetros de largo, incluso en estado de flacidez, por lo que éste ha salido espantado y presa del pánico se ha dado un mamporrazo contra una señal de tráfico. El golpe ha hecho que tres vecinas, que permanecían extasiadas con las dimensiones de mi miembro, tomaran conciencia de sus inútiles existencias.
Me duele la garganta, los brazos y la cabeza. Me huelen los pies. Me arde el esófago y me supuran los folículos pilosos de los furúnculos. Me tiemblan las piernas. Me he convertido en una momia. ¿Dónde se encuentra mi sarcófago? Creo que debería donar mis orejas a la ciencia. ¡Han escuchado tantas gilipolleces a lo largo de los años! Mi organismo está saturado. Atiborrado. Repleto, colmado y henchido. Hace años mi cuerpo era una obra maestra. Y mi cerebro pesaba cinco kilos. Ahora estoy en muy mal estado. Tantos y tantos años de cohabitación con subhumanos han acabado pasándome factura. Me miro al espejo y no me reconozco. Lo limpio con Luminia o Cristasol y sigo sin reconocerme. ¿Esas facciones ojerosas son mías? ¿Esa monstruosa barriga falstaffiana que entra por las puertas diez minutos antes que el resto del cuerpo me pertenece? ¿Dónde están mis dientes? Todo me abandona. Hace años se largó mi cabellera. Después lo hizo mi ingenio. Y ahora el resto de las partes de mi marchita anatomía. Mi mamá ya no me mima. Ni mi tía me tutea. Mis sueños se han podrido. Mis circunstancias me piden dinero o me amenazan con una apoplejía.
Si no fuera tan vago me colgaría de una viga. Pero no quiero que un jodido forense me descuelgue. Odio ser descolgado por alguien que tiene estudios superiores. Me encantaría que me descolgara la lagartija que correteaba por la acera. Quiero que me descuelgue la lagartija que correteaba por la acera. Si no me descuelga la lagartija que correteaba por la acera, prefiero que me dejen suspendido. Suspendido hasta que mis huesos sin carne sirvan de cobijo para la pequeña fauna urbana. Enganchado hasta que mi mamá y mi tía me lloren. Pendido por los siglos de los siglos. O hasta que todo explote.
¿Todo es una puta mierda? Sí, todo es una puta mierda. ¿Por qué todo es una puta mierda? Me niego a buscar una respuesta a algo que carece totalmente de sentido. Todo es una mierda. ¡Y punto! No hace falta que le demos vueltas y más vueltas a la jodida cabeza. ¡Todo es una puta mierda!
¡Ja! Sabía que tarde o temprano acabaría encontrándome con alguien vivo.