
En mi habitación hay una ventana que suele estar cubierta con una cortina opaca. Entre la cortina y el cristal viven dos moscas y a veces se enfadan, pues puedo escuchar sus zumbidos de disgusto incluso con los auriculares puestos mientras escucho el concierto para piano y orquesta de Alfred Schnittke, que es la única pieza musical que puedo soportar últimamente. En ocasiones, en el suelo del cuarto crecen setas y cuando esto sucede las recolecto y me preparo tortillas con ellas. Las paredes están cubiertas de pequeñas telarañas y sus inquilinas, las llamadas patilargas, contemplan extasiadas todos mis movimientos, los analizan o los sintetizan, pero nunca los critican abiertamente, porque entre otras cosas, esos arácnidos están ilustrados y pertenecen a la realeza Arthropoda, una rama del subfilo Chelicerata que no se caracteriza por comadrear sin fundamento.
La estancia se encuentra alejada del cuarto de baño, por eso, cuando tengo que manufacturar alguna función corporal excremental la envío normalizada por correo, pues odio salir de mi universo y no necesito enfrentarme al largo pasillo con las paredes pintadas de un amarillo mostaza que divide mi hogar, dulce hogar. Nunca he tratado de indagar quién tira de la cadena, pero lo que está claro es que alguien lo hace; es posible que sea la Monstera o el Ficus que acomodé allí una vez para alegrar el ambiente húmedo y mugriento, hace muchos, demasiados años.
En algunos momentos, sobre todo aquellos en los que mi humor no es demasiado afable, enciendo las luces con el poder de la mente y las apago de un disparo. Esto provoca entre mis insectos cierto desasosiego terrorífico que sólo se calma cuando canturreo una canción inventada cuya letra suele tratar de los problemas de la soledad neofóbica y obviamente forzada, sus consecuencias sincréticas y el destino anímico racional de la inmanencia de los sinsentidos ocultos.
Los días de lluvia las gotas entran por los resquicios de la madera vieja y carcomida de la ventana y dibujan extrañas figuras en la pared. No me importa demasiado porque soy un amante del arte abstracto sin autor y, en algunas ocasiones, incluso me convierto en marchante e intento vender un pedazo de cal mojada a alguna de mis compañeras, las moscas. Estas suelen ser reacias a comprar, pues piensan que en los tiempos que corren lo mejor es el ahorro y la economía de gastos, y entonces, tengo que tragar saliva y darles la razón.
Greg
P.S.:
La canción inventada cuyo título siempre es el mismo (¿Quién es ese pobre loco que chilla?) suele cambiar de letra de un día para otro, aunque generalmente su primer párrafo permanece invariable:
Soy un hombre viejo que está solo (solo, solo, salalalá)
así que no me hables como si fuera un animal antropomorfizado,
pues solo soy un jodido humano (humano, humano, salalalá)
ahogado por este capitalismo salvaje y deshumanizado.