
Hola:
Si restringimos el orden de los razonamientos paralógicos que nos provoca ese sistemático y desconcertante rechazo a lo que somos, para administrarlos de acuerdo a nuestras perspectivas más razonables, obtenemos una serie de pretextos trascendentales que, lejos de apaciguar nuestras ideas confusas e indisciplinadas, exhalan un deseo absoluto que impide a la posibilidad desarrollarse de una manera autónoma. Permitimos que las concepciones apodícticas, engendradas por el sometimiento sistemático y la dilación intransferible, se apropien del caos emocional que se parapeta tras las percepciones adulteradas. ¡Es entonces cuando el principio básico se hace añicos! De repente, una energía invencible se apodera de todas y cada una de nuestras limitaciones y las insensibiliza dogmatizándolas con principios cuestionables: soy porque he podido; puedo porque siempre he sido.
Pero ahora no estoy para filosofías vanguardistas cuasi-vacuas. Necesito prepararme lo más rápidamente un café americano mientras medito las inconveniencias de mi desodorante favorito. En el prospecto se puede leer claramente que está fabricado para no dejar manchas en las axilas, pero la mayor parte de mis camisetas presentan un círculo concéntrico de color blanco que me avergüenza cuando trato de levantar los brazos. Tengo dos opciones fundamentales: cambiar de producto o caminar con los brazos pegados al cuerpo. Si me compro otra marca, ¿quién me garantiza que esas manchas asquerosas y tremendamente antiestéticas desaparecerán? Seguramente, alguien tan avispada como tú me aconsejaría que lavara mis prendas con agua caliente y un detergente concentrado cada vez que me mudara de ropa. ¡No es tan fácil! Esas terribles manchitas no sucumben ante los poderes del jabón. He intentado eliminarlas incluso con agua oxigenada y no he conseguido nada más que potenciar su extrema fealdad. Un amigo me ha dicho que si me depilo las axilas el problema cesará. Pero los acrocordones que viven en ese recóndito lugar hacen realmente difícil la operación.
Estoy pensando seriamente en convertirme en un marrano profesional, es decir, renunciar por completo al agua jabonosa y dejar que los efluvios amarguen a mis allegados. De esa forma mato dos pájaros de un tiro: me ahorro una pasta en potingues y con un poco de suerte puedo desalojar de pasajeros un autobús o incluso un vagón del metro en un periquete, ocasionando graves pérdidas en el sector de transportes urbanos. Y si alguien se atreve a llamarme cochino, siempre puedo echarle las culpas a la bolilla del roll-on.
Un abrazo