
Hace algunos años intenté escribir un libro sobre el suicidio. Durante un largo periodo de tiempo recogí datos que almacenaba sistemáticamente en una gaveta de mi despacho. Cuando el cajón estuvo tan repleto que incluso se hacía difícil cerrarlo sin la ayuda de una patada de karate, decidí de repente que el tema ya había sido tratado en numerosas ocasiones y que sería mejor escribir sobre los condicionantes subjetivos del aislamiento voluntario. De modo que un día cualquiera de un mes cualquiera, preparé una hoguera en mi terraza y quemé todos los datos que había recopilado. Al cabo de cinco o seis meses descubrí ocho folios traspapelados con algunas notas escritas por suicidas que se habían salvado milagrosamente de la pira.
Como mañana es el día de mi 61 cumpleaños, he decidido reunirlos en un solo texto que seguramente contiene frases que pueden afectar la sensibilidad de algunos mindundis y la casi mayoría de anatomopatólogos.
NOTA NÚMERO 1
SUJETO: Roberto Sánchez Quiles
EDAD: 34 años
PROFESIÓN: Maestro
FORMA DE SUICIDIO: Ahorcamiento
A menudo pienso en la infatuación humana y en sus consecuencias omnímodas más onerosas y extremas. Intento razonar el cómo y el porqué de dicha conducta provocadora y excesiva, pero no soy capaz de llegar a una conclusión lógica. Y eso me sume en una especie de afasia ciclotímica de la que me cuesta demasiado liberarme. Mientras permanezco cautivo en esa ergástula patológica, cuyos muros están construidos con argamasa sólida y enajenación vesánica, no puedo dejar de repetirme una y otra vez que en realidad la hipersensibilidad exacerbada es mi verdadera enemiga, pues la alimento con masa putrilaginosa de origen demoníaco y acepto cada una de sus propuestas con auténtico júbilo inconsciente.
Mis verdaderos enemigos están convencidos de que todo es un juego que manufacturo para sentirme especial y no cesan de darme algunos consejos malintencionados. Mis amigos, los pocos que me quedan en estos momentos, piensan que me complico la existencia y que se la enredo a ellos. No son capaces de discernir un lamento que no proceda de sus propias gargantas. Se autoconvencen de que sus preocupaciones son reales y las mías una serie de sobreactuaciones amaneradas y repletas de tics inoportunos y reviviscentes. ¡Me gustaría tanto que destrozaran los espejos! Esos espejos que reflejan sus pretendidas bellezas… ¿interiores? Esos espejos que alimentan sus carencias emocionales. Las mismas que se afanan en achacarme a mí. ¡Es tan fácil enamorarse de uno mismo! Tan sencillo como dibujar una sonrisa complaciente en un rostro indefinido o difuminado.
Me gustaría tanto expresar lo que siento ahora que estoy tan cerca del nudo…
NOTA NÚMERO 2
SUJETO: Héctor Domínguez Alberola
EDAD: 45 años
PROFESIÓN: Actor, cómico
FORMA DE SUICIDIO: Arma de fuego
He decidido poner fin a mi vida porque las gomas de los calcetines me dejan unas marcas horribles en las pantorrillas. Escribo esta pequeña e incoherente nota para dejar claro que me encuentro en posesión de mis facultades mentales intactas, y que si he tomado esta trascendental decisión es porque quiero saber si en mi próxima reencarnación seré feo. Me gustaría también aprovechar para dejar unos mensajes cortos a algunos de mis mejores amigos:
1-Para Lalo:
Yo fui quien te dibujó un caniche defecando en el testículo derecho mientras dormías. No sigas buscando al culpable. Lo siento. Lo siento mucho.
2-Para Menchu:
Nunca me atreví a decírtelo, pero roncas como un chancho cropostasofobico. Tu mínima actividad neuronal transformada en incultura natural no te permitirá dilucidar qué es eso. Trataré de explicártelo. Un chancho es un Sus scrofa spp. doméstica. En cuanto a la cropostasofóbia… mejor olvídalo. ¡Cuídate mucho!
3-Para Chicho:
¿Recuerdas ese film que vimos juntos, Autofelación en el descampado? Te comenté que me había gustado mucho, pero no era verdad. Solo lo dije para que te sintieras arropado. Supongo que podrás perdonarme esa mentira piadosa.
4-Para Magda:
Vete a la puta mierda, Magdalena. En solo dos años has pasado de ser una genuina cenutria arrabalera a algo semejante a un primer accésit de consolación en un hipotético concurso comarcal de badulaques oligofrénicos y prostibularios.
5-Para mi hermano Richi:
Tete, no olvides cortarme la mano y dejar una moneda sobre cada uno de mis ojos. Ya sabes como se las gasta el puto barquero de Hades.
NOTA NÚMERO 3
SUJETO: Marisa Latorre García
EDAD: 51 años
PROFESIÓN: Ama de casa (Exsecretaria)
FORMA DE SUICIDIO: Sobredosis de somníferos
Llevo 31 años casada con el mismo idiota y 14 usando las mismas bayetas para limpiar la cocina. Me levanto cada día pensando que no voy a poder soportarlo, pero por alguna razón mi cuerpo no implosiona. Supongo que se ha acostumbrado al infortunio y a la adversidad de la misma forma que mi marido se ha acostumbrado a ningunearme como norma básica firmemente establecida. Aunque me cueste admitirlo, mi señora madre tenía razón cuando me repetía que de adulta sería una desgraciada. Recuerdo a mi padre intentando mediar entre nuestras continuas discusiones y recuerdo a mi hermano aquel fatídico día que salió por la puerta cansado de «broncas de féminas», como él las llamaba, y no regresó jamás. Nunca olvidaré el frío que hacía en la morgue. A menudo me he preguntado si aquel cuerpo que descansaba sin vida sobre una mesa de aluminio anodizado sintió alguna clase de paz mientras vivió con nosotros. Aunque ahora ya nada importa. Ni siquiera soy capaz de preguntarme si tendré valor para hacerlo. Pero ¿para qué sirve tener valor, o coraje, o como quiera que se llame esa fuerza inhóspita que me librará de seguir combatiendo con todo esta bahorrina mañana? Es curioso, pero siento vergüenza al pensar que alguien pueda leer mis palabras. Aunque al mismo tiempo me regocija que ese animal inmaduro con síndrome de amok latente que me prometió felicidad eterna se encuentre con mis despojos cuando regrese de acariciar el pene de su furcia dilecta.
NOTA NÚMERO 4
SUJETO: Francisco Orriols Ibáñez
EDAD: 32 años
PROFESIÓN: Desconocida
FORMA DE SUICIDIO: Salto al vacío
Una de las preguntas que más he tenido que responder en mi vida es cómo he llegado a ser tan asquerosamente rico. Exceptuando a algunas mujeres a las que me he intentado trajinar (siempre con éxito) nunca he contestado con la franqueza que me ha hecho tan deseado a esta espinosa y delicada cuestión. Al ser hoy mi último día en el planeta Tierra, he decidido relatar (a quien pueda leer estas líneas) cómo llegué a convertirme en un hombre tan magnífico.
Mi padre fue un ludópata y mi madre una alcohólica. O quizá fue al revés. El caso es que desde mi más tierna infancia aprendí a distinguir entre el bien, el mal, y el azul cobalto. Y a raíz de eso, entre lo máximo, lo mínimo, y el azul egipcio. Por esa sencilla razón, nunca me contenté con nada que no estuviera cerca de la superlatividad absoluta o, por lo menos, lo pareciese.
Abandoné el nido familiar a los 22 años sin una puta moneda en el bolsillo y antes de cumplir los 24 ya amasaba una pequeña fortuna. Al principio no fue demasiado fácil, pero pronto aprendí a distinguir entre un idiota y un espabilado. Y no pasó demasiado tiempo hasta que comprendí hacia dónde debía dirigir mi atención, que al mismo tiempo, por lo menos según algunos de mis psicólogos, no era más que interés vampírico oportunista y desalmado. Desvalijar de sus posesiones más preciadas a un montón de panolis incrementó mis ganas de desvalijar a muchos más montones. Llegó un punto en que si no arruinaba a alguien en un par de semanas no me sentía plenamente realizado. Y un tipo que no se siente realizado es algo parecido a una brosse de toilette de un garito de mala muerte en un barrio especialmente deprimido.
¡Me alegro tanto de haber comprado este ático!
NOTA NÚMERO 5
SUJETO: Nepomuceno Almeida Suñé
EDAD: 32 años
PROFESIÓN: Representante
FORMA DE SUICIDIO: Explosivos
Teresa:
Has vuelto a comportarte de una manera estúpida e inconsciente. No voy a ser yo quien reproche tu forma de proceder, aunque me gustaría que reconsideres tu decisión de una manera menos egoísta. Sabes que si todo hubiera sido al revés, yo me alegraría por ti. Claro que si después de leer estas líneas te mantienes en tu trece, no me quedará otra opción que desearte toda la suerte del mundo, porque con tu forma de pensar, estoy seguro de que la vas a necesitar. Y ahora, para quitar hierro al asunto, voy a permitirme un cambio de tercio. Por esa razón escribiré sobre tarimas flotantes.
Una buena tarima flotante es mejor que la mayoría de las baldosas de gres más económico que se pueden encontrar a la venta hoy en día. Pero un suelo de gres de calidad extra siempre será más seguro que cualquier pavimento de madera. Además te evitarás tener que acuchillarlo cada cierto tiempo, reduciendo así las posibilidades de que quieras matar dos pájaros de un tiro y acabes acuchillándote a ti misma. No voy a entrar en la discusión de si acuchillándote a ti misma el mundo pierde una gran concentración de egoísmo emocional compactado en bloques desiguales en cuanto a tamaño y calidad. Ya sabes que no soy un experto en miserabilidad humana, y que mis ambiciones no pasan de levantarme por las mañanas escuchando el dulce gorjeo de las tostadas con mermelada y de desayunar un par de pájaros acompañando a un café colombiano cargado y realmente caliente.
Cuando leí tu hiriente carta, creí por un instante que eras una persona normal, con cierta incontinencia explicativa, pero del montón. Ahora que medito tus palabras con serenidad he llegado a la conclusión de que eres una gulatosurina, una palabra que me he inventado para definir algo que no existe. ¡Y que nunca debería existir! Por lo menos en un planeta como este, donde todo tiene un precio, y donde si por alguna razón te niegas a pasar por caja, automáticamente eres un proscrito, un paria, un desarraigado. Pero acusándome de vileza has ido demasiado lejos. Yo puedo ser idiota, creído, incluso frío, pero jamás me comportaría de una manera despreciable con alguien que quiero. Y a ti te quería. Ahora ya no existes. Y no puedo dejar de pensar de la que me he librado. ¡Gracias! Gracias por devolverme la cordura de un manotazo. Gracias por perder los papeles y dejar que contemple con absoluta claridad lo que se esconde en algún recoveco de tu interior imperfecto y pringado con óleo de baratillo. Algo tan nauseabundo como las heces que se hacinan en una cloaca abandonada por el tiempo. De repente me han entrado unas terribles ganas de sonreír, de saltar, de empujar los sombreros de los ancianos que pasean por la calle, de darles un beso tierno y real entre las manchas marrones que salpican sus cabezas y que implican vejez, senectud, senilidad.
A lo largo de mi vida he sido acusado de forma injusta, a veces de forma arbitraria o inaceptable. Con cada uno de esos juicios sumarísimos he aprendido algo y me he hecho mucho más fuerte. Carcajeándome de tus incongruencias textuales he alcanzado la inmortalidad. Y cuando los gusanos se coman mis despojos sin importarles demasiado el sabor rancio de mis vísceras, de alguna extraña manera habré rendido pleitesía a lo que no fui y a lo que debería haber sido.
Ahora puedo retirarme en silencio. La misa ha terminado.
NOTA NÚMERO 6
SUJETO: Maximiliana Tormo Martínez
EDAD: 72 años
PROFESIÓN: Costurera (Jubilada)
FORMA DE SUICIDIO: Envenenamiento
¡Sucias! Las cortinas están sucias. Llevo varias horas mirándolas y sólo puedo reparar en el polvo que descansa sobre los flecos. ¡Y en las arrugas! Es curioso, cuando miro mi imagen reflejada en el espejo también veo polvo y arrugas. Ayer un amigo me dijo que estaba guapísima y radiante. Eso quiere decir que estoy horrible y decrépita. La verdad es que no me importa en absoluto. Soy una mujer bastante simple. Nunca he intentado conscientemente gustar a nadie. Ni siquiera a mí. He vivido de acuerdo a una máxima absoluta: «acercaos, pero no os incrustéis». El resto de consideraciones nunca han sido importantes y siempre han estado perfectamente codificadas. Si pudiera volver atrás, creo que repetiría todos los momentos, excepto el próximo. Necesito hacer daño a alguien. No importa a quién.
NOTA NÚMERO 7
SUJETO: Carlos García Maqui
EDAD:55
PROFESIÓN: Capitán de buque mercante
FORMA DE SUICIDIO: Sobredosis
Hace un rato he sentido que algo se movía junto a mis pies descalzos. Al agacharme he advertido que una extraña e hipnagógica insuficiencia con aspecto de repentización claramente perfectible trataba de morderme un tobillo. Mi rápida reacción ha sido determinante para salvar la vida. No conozco a nadie que haya sobrevivido al mordisco de algo que no solo no existe, sino que además es indiscernible. Después de tranquilizar mis nervios y preguntarme si no debería estar internado en una especie de frenocomio alejado de la civilización, he optado por concentrar mi atención en los arácnidos gigantes y de aspecto metálico que anidan en algunos de los charcos putrefactos que cuelgan del techo del puente de mando. No las he visto nunca, pero sé que existen porque a menudo escucho las vibraciones que emiten cuando se sodomizan las unas a las otras.
La imaginación me transporta al pasado, pero el pasado no es más que un suicidio elaborado. Si a esa forma de inmolación lenta y dolorosa sumamos los naufragios de un presente repleto de timoneles con formas de espectros y mástiles corroídos de enfermedad y óxido, el resultado siempre es el mismo: cadáveres macilentos ahogados en los que se alojan los espíritus de krakens y morwaurs.
NOTA NÚMERO 8
SUJETO: Sinforoso Castelvi Velasco
EDAD: 87 años
PROFESIÓN: Modisto (Jubilado)
FORMA DE SUICIDIO: Electrocución
La gente me llama Sinfo pero mi nombre es Sinforoso. Mi padre también se llamaba Sinforoso y mi madre, por extraño que parezca, Sinforosa. Ya sé que suena a coña, pero tengo un sinfín de documentos que pueden atestiguarlo. Hace un par de meses cumplí 80 años y desde entonces siento que no vale la pena seguir existiendo. Estoy seguro de que mi abuelo paterno, Sinforoso, estaría de acuerdo conmigo. Él y yo siempre estuvimos muy unidos. Hasta que su muerte nos desunió. Dicen que murió de cáncer de músculos isquiotibiales y poplíteo, pero yo no me lo creo. Tampoco me creo los diagnósticos de las enfermedades que supuestamente acabaron con mi abuela paterna, mi abuelo materno, mi abuela materna, mi tía abuela materna y el perro de la nuera de mi tío abuelo paterno. Siempre he pensado que en mi familia existía (y posiblemente sigue existiendo) un conjuro o una maldición sobre los sujetos de más de 85 años. ¡Todos mueren! Recuerdo un día, tendría yo unos 14 años, que me encontraba olisqueando la próstata de mi vecino. Quiero decir, bueno… al tipo le habían operado y tenía parte de ese órgano en una botellita sellada. Le encantaba prestar el recuerdo a sus conocidos. Yo lo tuve durante media jornada en la que sucedieron cosas absolutamente inexplicables. La primera de ellas sucedió cuando mi periquito tosió como si fuera un ser humano. La segunda fue todavía más espeluznante si cabe, pues mi hámster tosió como un periquito. La tercera me pilló de sorpresa, aunque la verdad es que ya no la recuerdo, y la cuarta, la cuarta no fue para tanto.
Sí, he decidido quitarme de en medio. Mañana por la mañana me humedeceré ese pingajo que cuelga entre mis piernas
y luego lo introduciré con sumo cuidado en una línea de alto voltaje.
NOTA NÚMERO 9
SUJETO:
EDAD: 27 años
PROFESIÓN: Periodista (jubilado por PDD)
FORMA DE SUICIDIO: No especificado
He intentado descomponer el movimiento, pero me ha sido imposible seguir su constante cambio de posición, por lo que al final he optado por desordenar cualquier muestra de inacción visible. Y podría haberlo conseguido si uno de los testigos no hubiera avisado a un psiquiatra. Ahora me encuentro en una de las salas de su consulta, esperando que llegue y certifique si es o no posible desarreglar la inmovilidad. Si legitima mi afirmación podré regresar a casa y seguir con las investigaciones, pero si por el contrario certifica la total inviabilidad del objetivo terminaré sometido a interminables sesiones terapéuticas completamente sedado. No me desagrada ser sedado, aunque prefiero ser masturbado. Ambas maniobras tienen la misma terminación fonética y ambas producen salivación y éxtasis. Me han dicho que el frenópata es una mujer, aunque en la puerta de su despacho se puede leer perfectamente «Rodolfo Casillas Robles». Nunca he conocido a ninguna mujer que se llamara Rodolfo, aunque hace algunos años me acosó durante un tiempo un encofrador que se llamaba Encarnación.
Separar las partes de una totalidad es un trabajo singular, sobre todo si alguna de esas partes son inseparables. Algunos lo comparan con lo que hacen los susurradores de parcialidades, aunque me niego a ser tildado de susurrador, musitador o incluso bisbiseador de generalidades. Ni siquiera pesquisador multimiscelánico o inspector de estructuras básicas de los sistemas de archivos. Soy un simple descomponedor y mi existencia es una inmensa y completa descomposición, pero no putrefacta o diarréica, sino analítica y científica. ¿Quién si no yo se atrevió a manifestar que tres descomposiciones y media seguidas y presentadas en forma perpendicular equivalen a dos descomposiciones alternas paralelas? ¿Y quién fue el primero que descompuso una descomposición ya descompuesta en siete ocasiones anteriores y se comió después un bocadillo de tortilla?
Mientras escribo estas líneas escucho berridos. Algunos me recuerdan al que emiten las doulas misándricas y androfóbicas cuando las puérperas a las que tratan de ayudar se convierten de repente en varones sementales empalmados. Otros, por el contrario, me producen escalofríos y escalocalientes. Espero que el jodido doctor o doctora Rodolfo Casillas Robles me visite de una puta vez. En la inmensa quietud de mi habitación me esperan decenas de descomposiciones a mitad de descomponer, un pack de seis yogures desnatados bífidus con nueces y cereales prácticamente descompuestos y una navaja filosa.
NOTA NÚMERO 10
SUJETO: Gregorio López Pérez
EDAD: 61 años
PROFESIÓN: Escribidor y bloguero
FORMA DE SUICIDIO: Ahogamiento
Mi última novela, El caso del carpintero sin calzoncillos, ha sido un tremendo fracaso de ventas. Sinceramente, no puedo comprender a los lectores. Mi anterior libro, El caso de la costurera sin bragas, se convirtió en un best seller en menos de tres semanas. ¡Y ambos son, bueno, no quiero decir parecidos, pero por lo menos beben de la misma fuente y su protagonista es el mismo, el sargento primero retirado Crescencio Echagüe y Andía.
Por lo tanto y pese a todas las crudas contradicciones que adornan ambos textos, puedo constatar de manera inequívoca que éstos solamente son una lastimera forma de llamar la atención sobre mi salud mental. ¡Pero a nadie parece importarle! Por esa razón me gustaría hacer dos observaciones de extraordinaria trascendencia:
1- He rechazado continuar con la escopolamina porque me impide ser coherente.
2- He rechazado continuar con la escopolamina porque me impide ser coherente.
Aunque pueda parecer que ambas declaraciones son similares, existen varias diferencias fundamentales. De hecho, y al margen de las limitaciones racionales que puedan llevar a algún lector dotado de cierta insuficiencia intelectual a interpretar de forma errónea los dos enunciados, he decidido llevar al límite la demostración con una explicación expresada mediante mimo corporal. Cualquier lector de mi blog, amigo, enemigo, fiador o deudor, está invitado el próximo 14 de enero a las 10:00 horas a asistir a la actuación-declaración que representaré en el Jardín Luerna del barrio de Benimaclet (Valencia). La «performance» tendrá una duración de 2 horas y dos actos bien definidos:
Acto 1: Intuición ritual y esencia de mi rechazo.
Acto 2: Intuición ritual y esencia de mi rechazo.
Puede parecer que ambos actos son el mismo, pero desde la posición epifánica que otorga mi enfermedad, estoy en condiciones de apreciar y, por supuesto, tolerar tal confusión; pero también de condenar y sentenciar la ausencia de lucidez en los sujetos que hayan llegado a dicha conclusión. Para tratar de insuflar un poco más de discernimiento en dichos estultos, cenutrios y badulaques, he preparado una serie de conferencias que impartiré haciendo submarinismo en la modalidad «escafandra autónoma» sin escafandra autónoma el mismo día 14 de enero a las 18:00 horas en la playa de la Patacona, en el que intentaré por todos los medios ahogarme para convencer a los escépticos sobre la naturaleza de mis disquisiciones. A continuación, enumeraré los tres puntos básicos que desarrollaré con total libertad y en toda su extensión una vez haya palmado:
Punto 1: Razonamiento sobre la progresión infinita.
Punto 2: Razonamiento sobre la progresión infinita.
Punto 3: Razonamiento sobre la progresión infinita.