
Los 206 huesos del puñetero putañero Arsenio Coto descansaban en el interior de una caja de madera bastante desvencijada. A su lado, varias carpetas repletas de vetustos documentos, algunos bastante arrugados, esperaban ser recogidas para su posible clasificación. Sin embargo ya habían pasado casi siete años y, exceptuando algunos plateados lepismas, nadie se había preocupado demasiado tanto por sus restos físicos como por sus vestigios documentales. Sí, se sabe que hace un par de años alguien se interesó en el epitalamio de su tercer desposorio y que poco tiempo después fue sustraído cierto articulito que Arsenio escribió sobre Funes el memorioso, ese relato de Borges que trata sobre la angustia humana.
Llegados a este punto, es decir, al comienzo del segundo párrafo, creo que debería tratar de explicar quién diantres fue Arsenio Coto y por qué es merecedor de esta insignificante y apresurada reminiscencia, sin embargo no voy a hacerlo. Nunca hago las cosas tal y como creo que deben hacerse y mucho menos como el resto de la gente que me conoce piensa que deberían hacerse. Y no creáis que porque use repetidamente diferentes conjugaciones de ese verbo tan agotador como es el verbo “hacer” voy a terminar haciendo algo. Simplemente no soy y no hago; y aunque en ocasiones pueda llegar a aceptar la cifosis dorsal como animal de compañía sigo ciscándome en los muertos de las monolíticas familias Rotschild, Rockefeller, Oppenheimer, Walton, Murdoch, Morgan y du Pont y del resto de mamarrachos que están convencidos de que uno es lo que es y no lo que el resto graciosamente le deja ser. Y lo siento por todo aquel que todavía sigue a los azulitos o a los rojitos, o incluso a otros colores nuevos como los moraditos (en Spain), porque el verdadero color del ser humano y de su incuestionable futuro es el negro. Las caries son negras. Los anos son negros, exceptuando los que han sido sometidos a esa técnica segura, cómoda y eficaz denominada blanqueamiento genital. En ocasiones las axilas se vuelven negras. Y también las entrepiernas. El semen del toro Angus negro no es negro, ni el del Brangus negro, pero ni falta que hace. Yo tampoco soy negro. Entonces ¿cuál es la jodida diégesis de todo esto?
Hace algunos años, mientras me encontraba de viaje en India, coincidí con otros españoles y nos hicimos amigos. Uno de ellos, un madrileño grande y bastante corto de entendimiento no paraba de gritarme que todos los valencianos eran falleros. Yo intentaba poner buena cara mientras le explicaba que en Valencia aunque verdaderamente abundan los falleros hay muchísima gente que no lo es y otros, como yo, que directamente odian las fallas. Durante 14 días tuve que tragar saliva para no pegarle un puñetazo en pleno mentón hasta que al final, el día que teníamos que coger el vuelo de regreso, el chulapo se presentó en mi habitación y me volvió a soltar su repugnante mantra. Mientras le miraba de arriba abajo y detenía mis ojos sobre sus sucios dientes lo entendí todo. Recogí y amontoné algunas sillas, mesas, maletas e incluso el cubo de basura y creé mi propia falla. Durante la plantá traté de entonar Valencia y el Himne Regional y aunque no soy un buen cantante me encantó mi reinterpretación de ambas melodías. Luego cogí un rollo de papel higiénico (made in spain), le prendí fuego y lo arrojé sobre el monumento fallero que ardió con prontitud mientras el imbécil salía pitando tan asustado como una niñita de cuatro años. Yo terminé en una especie de celda hindú rodeado de varios sadhus borrachos y perdí el vuelo. En realidad perdí los vuelos de los siguientes 67 días, pero gracias al extraordinario y superrápido (Ja) trabajo de nuestro consulado pude aterrizar en Iberia con unos cuantos kilos de menos y algunos sopapos de más. Nada más llegar a mi barrio averigüe el número de teléfono de ese madrileño más idiotizado que el resto de madrileños y le llamé. En cuanto descolgó el teléfono me presenté y le pregunté si quería que fuese a su casa a plantar otra falla. Por supuesto el tipo me colgó. Estuvo colgándome durante los 14 años siguientes a una media de cinco llamadas diarias. Me denunció por acoso en 124 ocasiones y al final desapareció del mapa. Pero las fallas continuaron en la terreta de la misma manera que yo continué con mi odio hacia él y hacia ellas. Mientras más los odiaba más me acordaba de Arsenio Coto. Así que comencé a aborrecerlo también. Resulta tan sencillo odiar…
Sbre casi siempre fue Sbre, excepto cuando fue Bres. Claro que antes de ser Bres fue Paco. Gracias a él y a su extraña santísima trinidad conocí a Arsenio Coto. Recuerdo que todo sucedió en la salita del re menor, anteriormente llamada la salita del re mayor. En esa habitación Sbre componía sus piezas musicales en tono de Re. En esos tiempos Arsenio Coto aborrecía cualquier palabra o cosa que comenzara en re, to, sa, li, fu, mi, ce, sa, mu o ta, por esa razón era invitado en contadas ocasiones. En una de esas ocasiones lo conocí. Mi primera impresión fue que se parecía a un egipán. Mi segunda impresión fue que se parecía a un egipán, pero a otro egipán, no a uno relacionado con el primer egipán. Mi tercera impresión se transformó en una digresión y poco después en una depresión y tuve que excusarme y marcharme a toda prisa. Al llegar a casa me tumbé sobre la foto a tamaño real del cadáver de Pío de Pietrelcina y me dormí. No recuerdo con qué soñé, ni siquiera recuerdo si llegué a soñar algo. De lo único que estoy seguro es que me levanté tosiendo y me preparé un té de manzanilla, tila y menta… o puede que fuese de Ginkgo, regaliz y romero. Luego me fui al aseo pero como de repente rehusé asearme, salí de la misma forma que había entrado. Me senté sobre la foto a tamaño real de una silla antigua y medité.
El que ve dos veces llamó a la puerta. Me levanté dos veces y abrí la puerta otras dos veces. Él me sonrió dos veces y entró dando dos graciosos saltitos. Nos sentamos dos veces sobre dos sillones y hablamos de dos temas. Luego de otros dos. En un momento dado yo me levanté dos veces y preparé cuatro cafés, dos para él y dos para mí. Pronto se hizo tarde y se marchó dos veces. Saqué la cabeza por la ventana y lo vi alejarse. Aunque me despedí agitando la mano dos veces la distancia le impidió verme dos veces. Con una hubiera bastado, pero en ocasiones la existencia puede ser espeluznante. Me acosté dos veces y mientras miraba el ventilador del techo me pregunté a mí mismo por qué todo es tan complicado. Luego me santigüé dos veces, cogí el móvil dos veces y contraté dos veces a dos trabajadoras sexuales mellizas.