
Querida:
¿Qué es lo que estoy haciendo? O mejor dicho, ¿qué se supone que debería hacer? Quiero decir, con mi vida. En una reencarnación anterior fui greguesquero, ya sabes, exportaba y vendía y, aunque no te lo creas, fui el principal causante de la denominada «debacle de los greguescos de 1687», hecho que sumió a parte del territorio hoy conocido como Europa occidental, en una especie de depresión general que originó que la evolución natural de los alfayates y costureros se bloquease durante aproximadamente diez minutos. Por lo menos eso me confesó una vidente a la que llamaban «la ajumada del barranco de Otonel» hace un par de décadas. Pero pensar que hace cuatrocientos años y pico fui un hijo de puta con éxito, no me impide llegar a la terrible conclusión de que actualmente no solo desconozco por completo lo que es el éxito, sino que ni siquiera soy un hijo de puta.
Recuerdo una orden que me dio mi abuelo Maximino, también conocido como el Tajadera, pocos meses después de fallecer: «Gregorio, tráeme un cojín». Lo que no soy capaz de recordar es si le llevé o no el cojín a la tumba. En aquella época yo robaba lápidas de mármol y las convertía en preciosas encimeras, por lo que pasaba una cantidad considerable de tiempo en los cementerios. Quizá por esa razón mi memoria no es capaz de llegar a alguna conclusión. Seguramente se lo llevaría, pues nunca más volvió a pedirme otro cojín, aunque cuatro años más tarde me rogó que exhumara su cadáver y lo acercara a su mancebía favorita, cosa que hice, naturalmente. Por supuesto yo acabé en la cárcel dos años, el prostíbulo fue clausurado y los despojos de mi abuelo regresaron a su féretro con cierta pompa y casi ninguna circunstancia.
Supongo que algún día creceré como persona. Y al crecer dejaré de suponer. Pero también podría menguar y convertirme en lo que siempre he ansiado: un perfecto hijo de la gran puta. Entonces supondría y volvería a suponer una y otra vez, así hasta llegar a un punto en que cualquier consideración no relativa a la conjetura o a la simple sospecha, quedaría automáticamente relegada a un mero accidente asocial. Quizá de esa manera me sentiría libre de organizar mi nuevo rol sin atender a razones interesadas o justificaciones contradictorias. En resumidas cuentas: me convertiría en un sangrador emocional, asexuado, depravado e insensible y, aunque lejos -todavía- del epíteto «Hijo de puta», significaría que he mejorado gracias al extenuante entrenamiento y que camino en la dirección correcta.
Gregory Yo