
Querida:
Después de permanecer tan estático como un tabique de Pladur durante varias horas, he decidido cambiar de posición y proseguir con mi inmovilidad física durante el resto del día. Pero antes de iniciar esa segunda parte de inactividad claramente determinada, he sentido una especie de necesidad primigenia de contarte algunas cosillas que me sucedieron ayer y que, de alguna manera, han sido el detonante de la inacción orgánica tan prolongada de hoy.
– Etofenamato Joe:
En realidad su verdadero nombre es José Mato aunque es conocido en el barrio con ese apoteca-hollywoodiano remoquete. Me encontré con él en la calle Casilda Petricor y me invitó a una cerveza, que por arte de magia al final se multiplicó por cinco cervezas acompañadas de cacahuetes, papas y morros de cerdo.
– Martita y Aidita:
Me tropecé con las gemelas «Ita» en la calle Torcuato III, justo cuando intentaba llegar a mi casa tras haberme despedido de Etofenamato Joe y las nueve cervezas (¿o fueron cinco?). Cuando Martita dejó caer que era el cumpleaños de ambas me alegré un montón y, al mismo tiempo que yo hipaba, Aidita expresaba con cierto encanto su intención de invitarme a tomar un aperitivo. Ese aperitivo se transformó en dos vodkas con limón, dos vodkas sin limón, dos vodkas con tónica y dos vodkas sin tónica.
– Josefina:
Cuando me encontré a mi tía Josefina en el paseo Santísima Trinidad, también denominado por un número considerable de benimacleteños como «paseo tres en uno», era totalmente incapaz de diferenciar a un perro mediano de un equidna grande, sin embargo intenté poner cara de abstemio resignado y le di dos besos en las mejillas, llevándome en uno de ellos un pendiente enganchado en el arco de Cupido del labio superior.
– Etofenamato Joe:
Volví a encontrarme con Joe en la calle zigzagueante y mareante que en realidad no sé como se llama y volvió a engatusarme con su verborrea ferial. ¿El resultado? 20 euros y otras nueve cervezas (¿o fueron cinco?) acompañadas de cacahuetes, cacahuetes y cacahuetes.
– El cobrador del frac:
Mientras trataba de arrastrarme hacia mi casa como si fuese un alpinista de calzadas, noté que algo o alguien me tocaba la espalda suavemente. Cuando me di la vuelta lo único que fueron capaces de enfocar mis viejos y ajumados ojos fue algo parecido a un pingüino de Humboldt más satisfecho de sí mismo de lo que es normal, que mientras me ayudaba a incorporarme suplicaba perdón por haberme confundido con un tal Eugenio Flores.
– Preguntas:
Una vez que el Sphenisciforme se hubo largado buscando a Godot Flores intenté recobrar cierta verticalidad y gallardía. Cuando creía que lo había logrado se acercó un tipo cuyo pico de viudas craneal me recordó al del conde Drácula y que me preguntó dónde estaba la plaza de las Palmeras. Mi primer impulso fue agarrarle la nariz con la mano derecha, arrancársela con un rápido movimiento desgarrador, comérmela allí mismo y escupir el etmoides al suelo. Sin embargo traté de comportarme de una manera civilizada y me contenté con vomitarle sobre la parte frontal de la camisa barata un líquido bastante espeso de color verdinegro que olía a esmegma de rucho. El sujeto, al verse homenajeado de esa manera tan poco amistosa salió corriendo con los brazos en alto mientras gritaba algo a su mamá, aunque existen muchas probabilidades de que en realidad estuviera refiriéndose a la mía.
– El afilador:
No habrían pasado ni cinco minutos desde mi accidente regurgitante cuando casi me atropella una furgoneta blanca mientras trataba de cruzar la calle Hermann Göring. El fulano que la conducía frenó de golpe, se bajó del vehículo totalmente abatatabado y se acercó a mí con cierta precipitación. Cuando estuvo a mi lado me preguntó si me había hecho daño, a lo que yo le respondí que no. En ese momento su cara se iluminó y me contestó que «Nenaaaaas, que ha venido el afiladooooor. Para afilar el cuchillo, la tijera y la navajaaaaaa.» Luego se incorporó, se dio la vuelta y se dirigió a su coche, recordándome a una máquina de tren de la colección Ibertren.
– Etofenamato Joe:
Aunque pueda parecer una boutade, te juro por la barba de Sri Aurobindo que volví a encontrarme con José Mato. Ocurrió cuando estaba a menos de 100 metros de mi casa. Afortunadamente, Etofenamato llevaba tal cogorza que aparte de imitar el grito de Wilhelm y confundirme con un electroencefalografista callejero, hizo imposible que yo terminase de lleno en otra orgía alcohólica.
Odio admitirlo, pero creo que ayer compelí a que mi hígado se hiciera algo semejante a un seppuku glandular. El problema no es si haber reducido mi esperanza de vida en aproximadamente dos minutos es contraproducente o no para el resto de mi existencia. Lo que verdaderamente me saca de quicio es esta terrible y oleaginosa resaca que todo lo pringa y que me obliga a permanecer ausente como un esquizotípico. Supongo que en algún momento debería comenzar a cuestionar mis propias ideas. Sobre todo las más disparatadas, o las que como un párrafo mediocre, no sirven para hacer avanzar un texto.
Greg